La alberca olía a cloro y a chanclas mojadas. Llegué con una toalla vieja en la mochila y el traje de baño puesto desde mi casa, porque me daba pena cambiarme ahí. En la recepción pregunté por la clase de adultos casi en susurro, como si estuviera confesando algo malo.
Me dio vergüenza. No una vergüenza chiquita, de las que se quitan con reírse tantito, sino una que me apretaba el cuello. Ver a niños aventarse sin pensarlo, pataleando felices, me hizo sentir atrasada en algo básico. Como si hubiera un manual de persona normal y yo me hubiera saltado varias páginas. El instructor me dijo que primero metiera la cara al agua. Eso era todo. Ni nadar, ni flotar, ni cruzar la alberca. Solo meter la cara y soltar aire. Me pareció ridículo que algo tan simple me pusiera el corazón a correr. Quise decirle que mejor otro día, que se me había olvidado algo, que me sentía mal. Inventé tres pretextos en mi cabeza mientras sonreía como si estuviera tranquila.
No estaba tranquila. Me acordé de todas las veces que dije “yo no me meto porque no se me antoja” en reuniones, en vacaciones, en balnearios. Lo decía con seguridad, hasta con un poquito de burla, para que nadie notara que en realidad me daba miedo perder el piso. Me acostumbré tanto a cubrir el miedo con una frase práctica que ya casi me la creía.
Pero parada ahí, con el agua en las rodillas, no había mucho dónde esconderme. La primera vez que metí la cara duré menos de un segundo. Salí tosiendo, aunque ni siquiera tragué agua. Sentí la cara caliente, ganas de llorar y de pedir perdón por ocupar espacio. Eso me dolió más que el miedo: darme cuenta de que todavía pido permiso por aprender. El instructor no hizo cara de fastidio. Nomás dijo: “otra vez, pero más despacio”. Y esa frase, sin emoción exagerada, me aflojó algo por dentro. No salí nadando. Salí cansada, con los ojos rojos y el pelo oliendo a cloro. También salí un poco orgullosa, aunque me costó reconocerlo. En el camión de regreso sentí una ternura rara por mí, como si por fin hubiera visto a la persona que llevo años regañando. No se me quitó el miedo, pero dejó de parecerme una prueba de que soy menos.
La próxima clase todavía me va a dar pena. Igual voy a ir. Hay cosas que no se vencen de golpe; se acompañan hasta que ya no mandan tanto.
