Me dio pena admitir que le tengo miedo al agua

27 de junio de 2026

La experiencia de enfrentar el miedo al agua se convierte en un viaje de autodescubrimiento. A través de la vulnerabilidad, se aprende que el miedo no define a una persona, sino que es parte del proceso de crecimiento personal.

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La alberca olía a cloro y a chanclas mojadas. Llegué con una toalla vieja en la mochila y el traje de baño puesto desde mi casa, porque me daba pena cambiarme ahí. En la recepción pregunté por la clase de adultos casi en susurro, como si estuviera confesando algo malo.

Me dio vergüenza. No una vergüenza chiquita, de las que se quitan con reírse tantito, sino una que me apretaba el cuello. Ver a niños aventarse sin pensarlo, pataleando felices, me hizo sentir atrasada en algo básico. Como si hubiera un manual de persona normal y yo me hubiera saltado varias páginas. El instructor me dijo que primero metiera la cara al agua. Eso era todo. Ni nadar, ni flotar, ni cruzar la alberca. Solo meter la cara y soltar aire. Me pareció ridículo que algo tan simple me pusiera el corazón a correr. Quise decirle que mejor otro día, que se me había olvidado algo, que me sentía mal. Inventé tres pretextos en mi cabeza mientras sonreía como si estuviera tranquila.

No estaba tranquila. Me acordé de todas las veces que dije “yo no me meto porque no se me antoja” en reuniones, en vacaciones, en balnearios. Lo decía con seguridad, hasta con un poquito de burla, para que nadie notara que en realidad me daba miedo perder el piso. Me acostumbré tanto a cubrir el miedo con una frase práctica que ya casi me la creía.

Pero parada ahí, con el agua en las rodillas, no había mucho dónde esconderme. La primera vez que metí la cara duré menos de un segundo. Salí tosiendo, aunque ni siquiera tragué agua. Sentí la cara caliente, ganas de llorar y de pedir perdón por ocupar espacio. Eso me dolió más que el miedo: darme cuenta de que todavía pido permiso por aprender. El instructor no hizo cara de fastidio. Nomás dijo: “otra vez, pero más despacio”. Y esa frase, sin emoción exagerada, me aflojó algo por dentro. No salí nadando. Salí cansada, con los ojos rojos y el pelo oliendo a cloro. También salí un poco orgullosa, aunque me costó reconocerlo. En el camión de regreso sentí una ternura rara por mí, como si por fin hubiera visto a la persona que llevo años regañando. No se me quitó el miedo, pero dejó de parecerme una prueba de que soy menos.

La próxima clase todavía me va a dar pena. Igual voy a ir. Hay cosas que no se vencen de golpe; se acompañan hasta que ya no mandan tanto.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento íntimo · 32%
Predomina una confesión íntima sobre la vergüenza y el miedo, narrada con carga emocional y escenas cotidianas de aprendizaje.
  • El eje es la vulnerabilidad personal: admitir miedo al agua, esconderlo durante años, sentirse atrasada, pedir permiso por aprender y reconciliarse parcialmente consigo misma.
  • El texto trabaja de forma sostenida la vergüenza, el miedo, las ganas de llorar, la ternura hacia sí misma y el orgullo difícil de admitir.
  • La narración usa escenas sensoriales, ritmo confesional e imágenes concretas como el olor a cloro, el agua en las rodillas y el regreso en camión.
  • La reflexión nace de escenas reconocibles: la alberca, la recepción, la clase de adultos, el instructor, el camión de regreso y situaciones de vacaciones o reuniones.
  • El cierre plantea un cambio personal gradual: volver a la clase, acompañar el miedo y dejar que mande menos.
  • Hay una presencia menor en la relación con la identidad y la sensación de “ser menos”, pero no se convierte en una reflexión amplia sobre sentido o finitud.
  • Se insinúa en la comparación con niños, reuniones y expectativas de normalidad, aunque el foco permanece en la experiencia individual.
  • Aparece levemente al cuestionar la idea de ser una “persona normal” y la vergüenza de no saber nadar, pero no desarrolla una crítica social amplia.
  • Solo hay una mínima abstracción sobre el miedo, la normalidad y aprender, sin desarrollo conceptual filosófico.
  • Aparece apenas en la idea de pedir perdón por ocupar espacio y permitirse aprender, pero no aborda un conflicto moral central.
  • No propone escenarios imaginativos ni mundos alternativos; se mantiene en una experiencia realista y directa.
  • No predominan teorías, conceptos ni argumentación analítica; es un relato reflexivo personal.

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