La corneta del vecino empezó con una salsa a todo volumen justo después de que yo había logrado sentarme a comer, como si el universo tuviera un departamento dedicado a medir mi paciencia con una regla escolar. Fui a tocar la puerta con la cara más neutral que pude fabricar, esa cara de adulto razonable que uno ensaya para no parecer problemático, y apenas dije que si podía bajarle un poquito, me soltaron el clásico: “cálmate, vale, si no es para tanto”. Ahí fue donde me subió una rabia rara, no de gritar ni de armar show, sino de esas que se quedan apretadas en la mandíbula y después te hacen lavar un plato con demasiada energía. Lo irónico es que yo sí estaba calmado, o por lo menos estaba haciendo el esfuerzo de parecerlo, que en este país debería contar como deporte de alto rendimiento. Pero esa palabra, “cálmate”, me borró la queja completa. Ya no importaba el ruido, ni mi cansancio, ni que al día siguiente tenía que levantarme temprano; de pronto el problema era mi tono, mi cara, mi supuesta intensidad. Y qué cómodo es eso para el mundo: si alguien se molesta, se le baja el volumen a la persona y no a la corneta. Después me dio pena haber tocado la puerta. Me puse a pensar si de verdad estaba exagerando, si será que uno se vuelve insoportable con los años, si será que el descanso ajeno siempre parece capricho hasta que el cansado es uno. También me dio risa, una risa medio seca, imaginarme llenando una planilla para solicitar permiso emocional: motivo de la molestia, duración estimada, nivel de decibelios internos, firma del afectado. La rabia fue cambiando de forma mientras pasaba la noche. Al principio era contra el vecino, después contra la frase, y al final contra esa costumbre mía de pedir perdón por incomodarme. Porque eso fue lo que más me molestó: no el escándalo, sino descubrir que todavía necesito que mi molestia venga bien presentada, peinada, educadita, para sentir que tiene derecho a existir. Me acosté tarde, con la música ya baja y el cuerpo todavía encendido, y pensé que quizás no quiero convertirme en una persona que reclama por todo, claro que no. Pero tampoco quiero seguir siendo ese ser tan considerado que termina tragándose la rabia para no dañar el ambiente, como si el ambiente no llevara rato sentado encima de uno, feliz, con los zapatos puestos.
Me dio rabia el famoso “cálmate

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