El otro día en una taquería me pidieron escanear un código para ver el menú, hacer el pedido en una página que tardó más que el trompo en dar vueltas, pagar desde el celular y dejar una opinión antes de que me trajeran la salsa. Todo muy moderno, muy limpio en teoría, muy “para agilizar”. Terminé pidiendo lo mismo que siempre porque el sistema no me dejaba preguntar si los tacos venían con cebolla aparte sin abrir una especie de trámite migratorio gastronómico. No me quejo del código, que tampoco es el villano de una película. Me quedé pensando en otra cosa: en la costumbre de llamar práctico a todo lo que reduce una conversación, un matiz o una decisión humana a una secuencia de botones. Es curioso, porque a fuerza de evitar “pérdidas de tiempo” acabamos invirtiendo bastante tiempo en adaptarnos a soluciones que prometían no requerir adaptación. La eficiencia, esa palabra con olor a presentación de oficina, se nos metió hasta en la servilleta. Creo que vale la pena separar tres cosas que solemos revolver como si fueran lo mismo: lo práctico, lo simple y lo conveniente.
Lo práctico resuelve un problema real con un gasto razonable de energía. Lo simple reduce la cantidad de pasos visibles. Lo conveniente, en cambio, favorece a alguien, no siempre a quien lo usa. Un cajero automático puede ser práctico si evita una fila larga; una pantalla con seis menús para comprar un boleto puede ser simple para la empresa que ya no paga a una persona atendiendo, pero no necesariamente para el usuario que no ve bien, no trae datos o tiene prisa. La trampa está en que la apariencia de simplicidad suele ocultar una mudanza de trabajo: alguien dejó de hacer una tarea y ahora la hacemos nosotros, con una sonrisa invisible y sin capacitación. Nos dicen “es muy fácil” justo antes de ponernos a resolver un problema que antes ni siquiera existía. La ironía es modesta pero persistente: nos venden comodidad en abonos chiquitos de incomodidad. También me parece que la obsesión por lo práctico achica el criterio. No porque lo práctico sea malo, sino porque se vuelve sospechosa cualquier actividad que no produzca una utilidad inmediata. Leer algo difícil, caminar sin contar pasos, cocinar sin convertirlo en contenido, platicar sin llegar a una conclusión, guardar silencio sin llamarlo meditación: todo eso empieza a parecer ineficiente si medimos el mundo con la regla equivocada.
Y no es que uno quiera defender la complicación por deporte, como esos aparatos viejos que necesitaban dos golpes y una oración para funcionar. El problema es otro: hay cosas cuyo valor depende precisamente de no estar totalmente optimizadas. Una conversación buena, por ejemplo, no siempre avanza en línea recta; se desvía, se corrige, se contradice, se queda viendo al techo. Si la hacemos “más eficiente”, quizá solo la hacemos más pobre. Con las ideas pasa algo parecido. Pensar no es encontrar rápido una respuesta que suene presentable, sino distinguir, comparar, aguantar un rato la incomodidad de no saber dónde acomodar todo. Ese rato improductivo es parte del proceso, aunque no quepa en una barra de progreso. Tal vez por eso me incomoda que la palabra práctico se use como argumento final, casi como sello de aprobación moral. “Es más práctico” y se acaba la discusión. Pero habría que preguntar: práctico para qué, para quién, a costa de qué y durante cuánto tiempo. Una solución puede ser práctica hoy y volvernos torpes mañana; puede ahorrarnos esfuerzo inmediato y quitarnos capacidad de entender el mecanismo; puede darnos rapidez y cobrarnos dependencia.
No propongo volver al papel carbón ni pedir permiso a una señorita de conmutador para hacer una llamada, por favor, tampoco exageremos con la nostalgia. Solo digo que conviene defender un espacio para lo no optimizado, para lo que requiere explicación, presencia, ensayo, error y hasta una pequeña pérdida de tiempo. Porque quizá no todo lo que tarda estorba, ni todo lo que se automatiza mejora, ni todo lo que cabe en una pantalla se vuelve más claro. Yo seguiré usando códigos, aplicaciones y botones, como cualquiera que no quiera vivir peleado con el siglo. Pero me gustaría que dejáramos de aplaudir cada reducción de pasos como si fuera avance seguro. A veces un paso menos no significa caminar mejor; significa que alguien decidió por nosotros qué parte del camino ya no valía la pena.
