Anoche dejé el móvil boca abajo en la mesa porque me molestaba hasta la luz de las notificaciones. No era nada grave. Un grupo hablando de una cena, un correo pendiente, mi madre preguntando si todo iba bien. Lo normal. Lo de cualquier martes. Y aun así sentí que si contestaba una sola cosa más se me iba a notar el temblor por dentro.
Me pasa que he aprendido a parecer tranquilo con demasiada eficacia. Contesto bien. Sonrío en el momento adecuado. Digo ya lo miro, ahora te llamo, no te preocupes. Tengo una voz para esas cosas. Una voz que no se rompe. Una voz que debe de sonar incluso amable, porque la gente suele quedarse conforme. Pero luego cierro la puerta de casa y me quedo de pie en el pasillo, sin quitarme la chaqueta, como si no supiera a qué habitación pertenezco.
Lo que me cuesta admitir es que la calma a veces es sólo una forma discreta de pedir que nadie pregunte más. No porque no quiera a nadie. No porque me dé igual. Más bien al contrario: porque si alguien pregunta con cuidado, de verdad, igual empiezo a decir cosas que no tengo ordenadas. Que estoy cansado de ser razonable. Que me da vergüenza necesitar ayuda para asuntos que no parecen grandes. Que me comparo con gente que supuestamente puede con su vida y salgo perdiendo hasta cuando nadie me está examinando.
También me da rabia esta especie de teatro pequeño. No uno enorme, no una mentira escandalosa. Sólo el gesto de decir que todo bien cuando en realidad estoy haciendo cuentas con la energía, repartiendo lo poco que tengo entre trabajo, familia, mensajes, compra, lavadora, decisiones tontas. Y me oigo pensar: no exageres. Hay gente peor. No montes un drama. Esa frase me ha servido durante años para seguir, pero últimamente la noto como una piedra en el bolsillo. No pesa muchísimo, pero está siempre ahí.
Me gustaría poder decir no puedo sin sentir que estoy incumpliendo un contrato invisible. No puedo quedar esta semana. No puedo opinar ahora. No puedo resolver esto yo solo. No puedo ser el de siempre. Es curioso: escrito parece sencillo. Dicho en voz alta se me hace una montaña. Me sale antes pedir perdón que pedir espacio. Me sale antes explicar tres veces mis motivos que aceptar que un límite no necesita una tesis.
Aun así, algo se está moviendo. Despacio, pero se mueve. El otro día le dije a un amigo que no estaba fino y no añadí ningún chiste después. Se quedó un silencio raro, de esos que me dan ganas de rellenar con cualquier cosa, y él sólo dijo: vale, gracias por decirlo. No se arregló mi vida. No apareció una versión nueva de mí, limpia y segura. Pero respiré un poco menos apretado. Eso cuenta, aunque suene pequeño.
No quiero convertirme en alguien que lo cuenta todo a cada rato. Tampoco quiero hacer de mi malestar una identidad. Sólo quiero dejar una rendija por la que pueda entrar algo de verdad. Poder estar cansado sin sentirme inútil. Poder estar bien algunos días y mal otros sin tener que defender ninguna de las dos cosas. Poder contestar a mi madre con algo más honesto que un todo bien automático, aunque sea: hoy regular, pero estoy.
Supongo que eso es lo esperanzador, si hay que llamarlo de alguna manera. No pensar que de pronto voy a ser transparente, valiente y ordenado. No. Más bien aceptar que puedo ir soltando la actuación por partes. Un gesto menos. Una excusa menos. Una respuesta un poco más real. Tal vez la fortaleza no sea aguantar sin que se note, sino permitir que alguien vea una esquina del derrumbe y aun así decidir seguir aquí, haciendo sitio, sin aplaudirme demasiado, sin hundirme del todo.
