El otro día acepté una invitación para dentro de dos meses y la apunté en el calendario sin pensar mucho. —Después miré todos los cuadritos llenos, como si fueran una pared hecha con cosas pequeñas: citas, pagos, compras, recordatorios, llamadas pendientes. —Nada grave. Nada especialmente triste.
Pero me quedé con una sensación rara, como si mi vida estuviera avanzando sin preguntarme si yo venía dentro. —Estás exagerando. —Puede ser. —También puede ser que exagerar sea la forma torpe que tengo de escuchar algo que venía bajito desde hace tiempo. —¿Y qué quieres? ¿Parar todo? No. —Esa es la parte difícil de explicar. —No quiero abandonar lo que tengo ni despreciar lo que me sostiene. La rutina también me salva. Hay días en que saber qué toca hacer me da una calma real.
Lavar un plato, responder un mensaje, pagar algo a tiempo, llegar a una hora. —Todo eso tiene una dignidad sencilla. —Pero también aparece la otra pregunta, la que molesta: ¿Estoy viviendo o solo estoy administrando una versión aceptable de mí? —Qué dramático suena eso. Sí, suena dramático, pero lo siento en cosas bastante normales.
En contestar “bien” cuando no sé si estoy bien. —En decir “más adelante” a cosas que me importan. —En aplazar conversaciones conmigo mismo porque siempre hay algo más urgente. En mirar fotos viejas y no sentir exactamente nostalgia, sino sorpresa: esa persona era yo, pero también parecía estar esperando que la vida empezara de verdad. Y ahora me pregunto si sigo esperando. —La vida no tiene que ser intensa todo el tiempo. —Estoy de acuerdo. —Me cansa esa idea de que todo debe ser extraordinario, productivo o memorable.
No quiero vivir como si cada tarde tuviera que justificar su existencia. También hay belleza en no hacer gran cosa, en repetir, en cumplir. Lo que me asusta no es la calma. —Es la anestesia.
—Me asusta llegar a una edad cualquiera y descubrir que confundí estar ocupado con tener rumbo. Que fui tomando decisiones pequeñas por comodidad, por miedo a incomodar, por no parecer perdido. Que mi carácter se fue haciendo a base de evitar preguntas. —¿Y si no hay una respuesta grande?
—Tal vez no la hay. —Tal vez nadie camina con un sentido claro en el bolsillo. Tal vez se trata de ir eligiendo con un poco más de presencia, aunque sea en cosas mínimas. Pero entonces aparece otra voz: —¿Presencia para qué, si igual todo pasa? Esa es la que más me deja sin defensa. —Todo pasa. —La gente cambia, el cuerpo cambia, las casas dejan de ser nuestras, los planes se vencen, incluso las ganas se transforman. Y aun así, algo dentro pide que no dé lo mismo.
Quisiera vivir de una manera que, aunque no resuelva nada definitivo, por lo menos se parezca a mí. No a la persona que queda bien. —No a la que cumple por inercia. —No a la que dice “luego veo” hasta que ya no ve. —Entonces empieza por una cosa. Puede ser. Una cosa pequeña, pero elegida. —Una tarde sin llenar. —Una pregunta respondida con sinceridad. Un “esto no quiero seguir haciéndolo así”. No sé si eso cambia una vida. Pero quizá ayuda a notar que todavía estoy aquí.
