. ¿De veras es paz si nadie puede preguntar?. En la fila de una oficina, una señora preguntó por qué habían cambiado el orden de atención si todos traíamos ficha. No gritó, no insultó, ni siquiera levantó mucho la voz. Nada más preguntó. La respuesta de varias personas alrededor fue casi inmediata: “ay, señora, no la haga de tos”. Me llamó la atención que nadie supiera bien si ella tenía razón o no, pero muchos ya tenían claro que el problema era su pregunta.
¿Qué se está defendiendo?
Esa escena se me quedó dando vueltas porque la frase parece muy práctica. No hacerla de tos suena a madurez, a no complicar lo que ya de por sí está lento, a no convertir cada detalle en pleito. Y sí, claro, hay gente que se engancha con cualquier cosa y hace insoportable lo mínimo. Pero también hay otra posibilidad: que nos hayamos acostumbrado a llamar “hacerla de tos” a cualquier intento de pedir una explicación. Ahí es donde la frase deja de ser un llamado a la calma y se vuelve una forma cómoda de conservar el desorden..
¿Por qué confundimos educación con aguante?. Me parece curioso que, en muchos lugares, portarse bien signifique no incomodar a quien tiene el control de la situación. En el trabajo, si preguntas por qué te cargaron una tarea que no estaba acordada, puedes sonar conflictivo. En la familia, si dices que una broma no te gustó, eres delicado. En un trámite, si pides que te expliquen un cobro, haces perder tiempo. La educación, entonces, se va volviendo una especie de silencio con buena cara.
¿Dónde empieza la duda?
No decir nada, no pedir demasiado, no obligar a nadie a sostener lo que acaba de decidir. Pero aguantar no siempre es virtud. A veces es miedo, cansancio o cálculo. También puede ser una costumbre aprendida: mejor no preguntar porque luego te toca a ti quedar como el exagerado. Lo que me inquieta es que esa costumbre beneficia más a quien no quiere dar razones que a quien intenta convivir en paz. Una sociedad donde preguntar se interpreta como ataque termina premiando respuestas flojas, reglas improvisadas y decisiones que nadie revisa. Y luego nos sorprendemos de que todo funcione a medias, como si esa mediocridad hubiera salido de la nada..
¿Quién decide qué queja es exagerada?. No estoy diciendo que toda molestia merezca una asamblea. También hay que saber medir, escoger batallas, entender contextos. Si una persona que atiende está rebasada, no tiene sentido descargarle encima todos los males del sistema. Si algo salió mal por accidente, quizá baste con pedir que se corrija sin convertirlo en juicio. La duda no está ahí. La duda está en quién pone la etiqueta de exagerado y con qué interés.
Porque muchas veces “no exageres” aparece justo cuando la pregunta toca algo que otros preferirían no mover. Además, hay que reconocer que no todos pueden quejarse igual. A algunas personas se les permite hablar fuerte y se les dice directas. A otras, con el mismo tono, se les llama problemáticas. Hay quien reclama y parece ciudadano; hay quien reclama y parece malagradecido. Eso no es casualidad. La etiqueta depende del lugar que ocupas, de cómo te ven, de cuánto creen que pueden ignorarte.
Por eso me cuesta aceptar esa idea tan simple de que “el que se queja mucho es porque quiere pleito”. Puede ser. O puede ser que ya intentó hacerlo suave varias veces y nadie le hizo caso.. ¿Y si la calma también necesitara razones?. Me gustaría que pudiéramos separar dos cosas que solemos revolver: el modo y el fondo. El modo importa, sí. No todo se arregla con gritos, ironías o amenazas. Pero el fondo también importa. Una pregunta hecha con torpeza no se vuelve falsa por ser incómoda. Una queja dicha con nervios no queda anulada automáticamente. Si alguien pregunta por qué se cambió una regla, por qué se cobró de más, por qué se repartió así una carga o por qué siempre le toca ceder al mismo, lo mínimo sería revisar antes de cerrar la puerta con un “ya déjalo”. Tal vez no hacerla de tos tendría que significar otra cosa. No armar un espectáculo, no humillar, no buscar ganar por cansancio. Pero tampoco tragarse todo para que el ambiente siga “tranquilo”. La tranquilidad que depende de que nadie pregunte es bastante frágil y, la verdad, un poco tramposa. Prefiero una incomodidad breve que sirva para aclarar algo, a una calma larga donde todos entienden que lo mejor es quedarse callados. No porque quiera vivir peleando, sino porque ya no me convence esa paz que se logra poniendo en duda a quien pregunta antes de revisar lo que preguntó.
