Me gustaría probar otra forma de pensar juntos

19 de junio de 2026

Este texto invita a repensar la dinámica de las reuniones y la colaboración en grupos. Propone alternativas creativas para fomentar la participación y la innovación, sugiriendo que a veces lo mínimo puede tener un gran impacto en el proceso creativo.

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La sala del curso tenía las sillas atornilladas al piso y todas miraban al pizarrón. Era una capacitación cualquiera, de esas que uno acepta porque corresponde, pero me quedé pensando en eso: antes de que alguien hablara, el lugar ya había decidido quién iba a pensar y quién iba a escuchar.

No me parece una pavada.

Nos pasa bastante. En el trabajo, en una reunión del consorcio, en una clase, hasta en un grupo que arma algo con buena intención. Decimos “tiramos ideas” y después nos sentamos de la manera más rígida posible, abrimos una planilla, alguien comparte pantalla, dos hablan mucho, tres asienten, uno mira el celular y al final sale una conclusión que se parece demasiado a lo que ya estaba pensado antes.

Después nos quejamos de que nadie propone nada.

Pero capaz no es que falten ideas. Capaz las estamos poniendo a vivir en un departamento demasiado chico.

Me molesta un poco esa costumbre de llamar “volada” a cualquier alternativa que todavía no viene con presupuesto, fecha y responsable. Entiendo que hay que aterrizar las cosas. Entiendo que si todo queda en entusiasmo, no sirve. También me fastidia la gente que vende humo y después desaparece en la parte difícil.

Pero entre el humo y el formulario hay un espacio enorme.

Ahí casi nunca nos quedamos.

Por ejemplo: si hay que resolver un problema de atención al público, ¿por qué la primera herramienta tiene que ser una reunión sentados? ¿Por qué no hacer que alguien recorra el camino completo como si fuera la primera vez? ¿Por qué no dibujar el trámite en una pared, con flechas feas, tachones y papelitos? ¿Por qué no invitar a la persona que siempre se pierde en el pasillo a señalar dónde se pierde, sin hacerla sentir tonta?

No estoy hablando de decorar la oficina con colores ni de poner frases motivacionales. Eso a veces es lo mismo de siempre, pero con fibrones.

Hablo de cambiar la forma de mirar antes de decidir.

Una vez, en un grupo donde participo, discutíamos cómo hacer para que más gente se animara a sumarse a una actividad. La conversación iba por el camino habitual: difundir mejor, mandar más mensajes, insistir. En un momento alguien dijo, medio bajito, que tal vez la actividad estaba armada para quienes ya sabían entrar. Pareció una frase incómoda, porque nos obligaba a corrernos del orgullo de “lo hacemos bien”.

Ahí apareció algo interesante.

No una solución brillante. No un momento de película.

Apareció una pregunta distinta.

¿Qué pasaría si diseñáramos la bienvenida como diseñamos la actividad principal?

Eso cambió más que media hora de análisis. De pronto empezamos a pensar en la primera puerta, en el primer saludo, en qué palabras usamos sin darnos cuenta, en si alguien nuevo entiende dónde pararse, a quién mirar, cuándo preguntar. Cosas mínimas, sí. Pero a veces lo mínimo es la estructura real.

Me parece que tenemos una idea muy pobre de la seriedad. Como si ser serio fuera hablar seco, descartar rápido, no perder tiempo en probar. Y hay pruebas que ahorran mucho más tiempo que una decisión apurada.

Un boceto torpe puede mostrar un error antes que un informe prolijo.

Una caminata de diez minutos puede ordenar una discusión mejor que una mesa llena de cafés fríos.

Una pregunta rara puede abrir una puerta que la pregunta correcta, la de siempre, mantenía cerrada.

Igual quiero ser justo: no todo puede reinventarse. Hay cansancio, hay trabajos mal pagos, hay instituciones que piden resultados para ayer, hay gente que carga con demasiado. Pedir imaginación en ciertos contextos puede sonar casi cruel si no se acompaña con condiciones. No alcanza con decir “seamos creativos” mientras se mantienen los mismos permisos, los mismos miedos y las mismas jerarquías.

Ahí está el punto crítico para mí.

Muchas veces pedimos ideas nuevas pero castigamos al primero que se equivoca en voz alta. Pedimos participación pero premiamos al que confirma lo que la persona a cargo quería escuchar. Pedimos innovación, aunque esa palabra ya me cae pesada, y después dejamos intacta la silla atornillada al piso.

Me gustaría que algunas conversaciones empezaran de otra manera.

No siempre. No para todo. No como moda.

Pero sí de vez en cuando.

Llegar a una reunión y que alguien diga: “Hoy no vamos a decidir todavía; primero vamos a mirar el problema desde tres lugares”. O que se pueda escribir una propuesta incompleta sin que la despedacen. O que el silencio de alguien no sea leído como falta de interés, sino como otra velocidad de pensamiento.

Tal vez pensar mejor juntos no sea producir más ocurrencias.

Tal vez sea fabricar un lugar donde una ocurrencia todavía dé un poco de vergüenza, pero igual pueda decirse.

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento crítico · 24%
Predomina una crítica a las formas rígidas de pensar en grupo, acompañada por propuestas concretas para abrir conversaciones más participativas y creativas.
  • Cuestiona normas aceptadas en reuniones, capacitaciones y espacios de decisión: sillas mirando al pizarrón, jerarquías, falsas dinámicas participativas y castigo del error.
  • Propone cambiar la forma de mirar y conversar: recorrer trámites, dibujar procesos, diseñar bienvenidas, permitir propuestas incompletas y otras velocidades de pensamiento.
  • Observa cómo se participa, se escucha y se decide en grupos, trabajos, clases, consorcios e instituciones.
  • Explora alternativas poco habituales para resolver problemas colectivos, con preguntas hipotéticas y métodos visuales o experienciales.
  • Piensa desde escenas reconocibles: una sala de curso, reuniones, planillas, pantallas compartidas, pasillos, cafés fríos y dinámicas de grupo.
  • El texto organiza conceptos y argumentos sobre participación, creatividad, jerarquía, diseño de procesos y condiciones institucionales.
  • Usa imágenes y formulaciones expresivas, como la silla atornillada, el departamento demasiado chico o la puerta cerrada, aunque sigue siendo principalmente ensayístico.
  • Incluye una preocupación por no exigir imaginación sin condiciones, por no humillar a quien se pierde y por no castigar el error en voz alta.
  • Aparecen molestias, fastidio e incomodidad, pero los sentimientos no son el eje del texto sino apoyos de la argumentación.
  • Hay una voz personal que admite matices y vulnerabilidades menores, como la vergüenza de decir una ocurrencia, pero no predomina la vida interior.
  • Hay una reflexión leve sobre qué significa pensar mejor juntos y sobre la idea de seriedad, pero no desarrolla grandes preguntas abstractas.
  • No se centra en sentido de vida, muerte, identidad profunda, vacío o finitud.

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