Esta mañana metí tres veces la misma libreta en el bolso. La sacaba para revisar si había anotado la dirección, la volvía a guardar, y a los cinco minutos me entraba la duda otra vez. No era una diligencia difícil. Era ir, entregar unos papeles, saludar con educación y devolverme. Pero yo iba caminando hacia el paradero como si me fueran a examinar la vida entera.
Me da pena decirlo así, porque suena exagerado. Nadie me estaba persiguiendo. Nadie estaba esperando que yo cometiera un error para señalarme. Igual, por dentro, yo ya llevaba rato regañándome: que por qué no imprimí eso antes, que por qué no salí diez minutos más temprano, que por qué siempre dejo una cosa pendiente, que mire cómo se nota que no soy tan organizada como aparento.
Lo raro es que si otra persona me contara eso, yo le diría que tranquila, que esas cosas pasan, que no todo tiene que salir perfecto para que uno sea responsable. Se lo diría de verdad. Le creería. Hasta le ofrecería un tinto, si estuviera cerca. Pero conmigo no me sale tan fácil. Conmigo uso un tono seco, como de jefe cansado. Un tono que aprendí no sé dónde y que repito sin darme cuenta.
Creo que llevo años confundiendo exigirme con cuidarme. Me convencí de que hablarme duro me mantenía alerta, que así evitaba problemas, que así no me volvía floja. Pero hay días en que esa voz no me ayuda a mejorar nada. Solo me deja pequeña. Me hace sentir que cualquier descuido confirma una sospecha vieja: que estoy a un paso de decepcionar a todo el mundo.
Y lo que más me cuesta admitir es que no siempre son los demás los que me piden tanto. Muchas veces soy yo sola, adelantándome a una crítica que ni siquiera ha llegado. Me preparo para defenderme antes de que alguien pregunte. Me disculpo antes de molestar. Me apuro antes de que haya afán. Vivo explicándome por dentro, como si mi existencia necesitara recibo.
Hoy entregué los papeles. No pasó nada grave. Me faltó una copia, sí, y tuve que ir a una papelería cerca. La señora que atendía ni me miró raro. Me dijo “ya te la saco” y siguió con lo suyo. Yo, en cambio, alcancé a sentir ese golpe en el pecho, esa frase automática de “otra vez usted”.
Pero esta vez la escuché. No la obedecí completa.
Mientras esperaba la copia, respiré despacio y pensé: faltó una hoja, no falté yo. Me pareció una frase un poco cursi, lo acepto. Igual me sirvió. No arregló mi forma de tratarme de un momento a otro, pero abrió un espacio chiquito. Como cuando uno corre una silla para poder pasar.
Quisiera aprender a corregirme sin humillarme. A llegar tarde a una parte de mí y aun así dejarme entrar. No para volverme conchuda ni para decir que todo da igual. Solo para vivir con menos amenaza encima. Para que equivocarme no sea una prueba de que soy un desastre, sino una cosa humana, incómoda, corregible.
Todavía me sale primero el regaño. Pero ya no me parece la única voz posible. Eso, por ahora, me da algo de esperanza.
