La factura salió barata, demasiado barata para una ferretería. Yo había ido por una cerradura, dos lijas, un spray de pintura negra y esos tornillitos que uno compra pensando que va a resolver la vida en una tarde de sábado. La muchacha del mostrador pasó las cosas por el lector, se trabó con el código de la cerradura, llamó al compañero, él le dijo algo desde el pasillo sin acercarse, y al final me cobró con cara de “siguiente, por favor”.
Pagué. Guardé la factura. Caminé hasta el carro con la bolsa golpeándome la pierna. Y ahí, antes de arrancar, hice lo que cualquier ciudadano responsable hace en estos casos: revisé el papel solo porque me dio sospecha, no por disciplina.
No estaba la cerradura.
No era un gran monto como para salir en las noticias, claro. Tampoco era una moneda tirada en el piso. Era una cerradura buena, de esas que uno compra porque ya se cansó de la que se traba y obliga a hacerle cariñitos a la puerta para que cierre. Me quedé viendo la factura con una calma falsa. Esa calma que uno adopta cuando ya sabe qué pasó y está esperando que aparezca una excusa con uniforme, sello y firma.
Aparecieron varias, por supuesto. Soy bastante eficiente para eso.
Pensé que la ferretería no se iba a ir a la quiebra por una cerradura. Pensé que a mí también me han cobrado de más en otros lados y nadie me ha perseguido por la calle para devolverme el pisto. Pensé que la muchacha debió poner más atención. Pensé que si el sistema no leyó el código, ese ya no era asunto mío. Pensé, incluso, que quizá era una especie de compensación del universo por tanta fila inútil, tanto parqueo caro, tanta llamada que “en un momento le atendemos” y ese momento nunca llega.
Qué bonito cuando el universo por fin se organiza a favor de uno y justo en caja.
Lo incómodo fue que todas esas razones sonaban inteligentes solo mientras no las decía en voz alta. En mi cabeza tenían cierta elegancia. Dichas afuera, quedaban como lo que eran: una manera decente de quedarme con algo que no había pagado.
Me fui a la casa.
Eso es lo que me cuesta admitir. No hice la escena correcta de inmediato. No regresé con música de fondo ni con una luz bajando sobre mi conciencia. Arranqué el carro, pasé por una pulpería a comprar pan, llegué, dejé la bolsa en la mesa y empecé a sacar las cosas como si nada. La cerradura pesaba más que las demás, aunque no pesara tanto.
Mi esposa vio la factura porque yo la dejé demasiado visible, quizá esperando que alguien me absolviera sin tener que preguntar. Le conté. Ella no me regañó. Eso hubiera sido más fácil. Solo dijo:
“¿Y si se lo cobran a la muchacha?”
Ahí se me acabó la teoría económica.
Porque una cosa es imaginar una empresa grande, sin cara, absorbiendo un error. Otra es pensar en una persona al final del turno cuadrando caja, explicando por qué falta algo, aguantando una mirada pesada o un comentario de esos que se disfrazan de consejo. Yo no sabía si eso iba a pasar. Tal vez no. Tal vez el inventario se ajusta, tal vez nadie se da cuenta, tal vez la cerradura queda flotando en el misterio administrativo. Pero mi comodidad dependía de no preguntar demasiado.
Y ahí está el punto que me dio pena: yo no quería saber. Quería que el daño, si existía, fuera lo suficientemente borroso para no ensuciarme.
Me dio rabia también. No con ella, ni con la cajera, sino con esa parte mía que se siente buena persona siempre y cuando ser buena persona no le cueste. Porque así cualquiera. Uno se cree correcto pagando lo que le cobran, saludando, no metiéndose en pleitos, dando el paso en la calle cuando viene alguien mayor. Pero cuando aparece una ventaja chiquita, limpia, sin testigos, ahí se mira mejor el asunto.
No es que yo sea un delincuente por una cerradura. Tampoco voy a hacerme el mártir. Lo irónico es que mi defensa era justamente esa: “no es para tanto”. Y tal vez no lo era. Pero si no era para tanto, ¿por qué me costaba tanto regresarla o pagarla?
Al día siguiente volví a la ferretería antes del mediodía. Llevé la factura doblada y la cerradura en la bolsa. Me atendió la misma muchacha. Le dije, con una voz más seria de lo necesario, que creía que no me habían cobrado ese producto. Ella revisó, llamó al compañero, buscaron el código, hicieron una nueva factura. Nadie tocó trompeta. Nadie dijo “qué honrado”. Ni siquiera me ofrecieron una sonrisa larga de agradecimiento. Me cobraron y ya.
La muchacha solo dijo: “Gracias por venir”.
Y yo respondí: “No, está bien”. Como si le estuviera haciendo un favor a ella. Qué descaro tan educado el mío.
Salí con menos pisto y con una sensación rara. No me sentí orgulloso. Más bien me sentí descubierto, pero por mí mismo. Me quedó claro que una parte de mi honestidad todavía necesita público, o al menos necesita imaginar que alguien la va a notar. Si hago lo correcto y nadie se sorprende, me queda la duda de si lo hice por convicción o por quitarme una piedra del zapato.
Quizá no siempre hay que esperar motivos puros. A veces uno hace lo correcto medio torcido, con vergüenza, tarde, renegando un poco. Tal vez cuenta igual, aunque no se vea bonito.
Lo que sí me quedó claro es que el error que me favorece no se vuelve mío solo porque nadie lo reclamó. Y que hacerme el tranquilo era, en realidad, una forma bastante elegante de esconderme detrás de una caja registradora mal usada.
