A las ocho y cuarto, el pasillo de la oficina ya huele a café recalentado y a piso recién trapeado. Casi todos llegamos viendo el celular, medio dormidos, con la prisa pegada en la cara. La señora que limpia suele estar agachada junto a los botes, cambiando bolsas, y nosotros pasamos alrededor como si fuera un mueble más del edificio. Lo digo en plural porque yo también lo hago. A veces saludo, a veces no.
A veces digo “buenos días” sin detenerme, con ese tono automático que usamos para quedar bien sin involucrarnos. Lo peor es que no lo noto en el momento. Lo noto después, cuando veo cómo cambia el ambiente si entra alguien con saco, con laptop cara o con gafete de visitante importante. Ahí sí nos enderezamos. Ahí sí abrimos la puerta, ofrecemos café, movemos la silla. En mi trabajo hay una amabilidad muy ordenada por jerarquías. No está escrita en ningún manual, pero todos la entendemos. A quién se le habla de usted, a quién se le pide “porfa” y a quién se le suelta una instrucción como si fuera parte del ruido. Quién puede tardarse en contestar y quién tiene que estar disponible al primer mensaje.
Quién se equivoca y “anda saturado”, y quién se equivoca y “no pone atención”. Me da pena reconocer que aprendí esas reglas sin que nadie me las explicara. En la escuela, en la casa, en los trabajos anteriores, en los restaurantes, en los edificios. Uno aprende a medir a la gente por el lugar que ocupa, no por lo que hace.
Y luego se convence de que es educación, eficiencia o costumbre. También hay una comodidad en no mirar demasiado. Si miro, tengo que aceptar que muchas cosas funcionan porque alguien más carga lo incómodo: limpiar lo que ensuciamos, cuidar accesos, aguantar malos modos, resolver pendientes que nadie presume. Nosotros decimos “el equipo” para hablar de los que salen en la junta, pero dejamos fuera a quienes hacen posible que la junta exista sin basura, sin baños sucios, sin paquetes perdidos, sin puertas abiertas a cualquier hora. No estoy diciendo que haya que hacer discursos en el elevador ni volver falsa cada interacción.
Me refiero a algo más simple y más difícil: dejar de usar el rango como permiso para ser secos. Dejar de creer que el respeto completo se reserva para quien puede afectar nuestra evaluación, nuestro sueldo o nuestra imagen. Me gustaría decir que ya cambié, pero apenas estoy empezando a cacharme. A notar mi voz, mis prisas, mis silencios. A preguntarme por qué soy tan correcto con unos y tan breve con otros.
El respeto también se nota en a quién decidimos ver.
