El punto de partida
El celular vibró sobre la mesa mientras almorzaba un arroz recalentado, parado en la cocina, y vi que era mi mamá. Dejé que sonara. No porque estuviera ocupado, no porque no pudiera contestar, no porque me hubiera pasado algo grave. Dejé que sonara porque sentí una especie de descanso al imaginarme diez minutos sin tener que decir que estoy bien, que comí, que sí estoy abrigado, que no me he olvidado de pagar tal cosa, que no, no estoy saliendo tarde, que todo normal. Después me quedé mirando la pantalla apagada y me dio vergüenza.
Una vergüenza rara, bien pegajosa, como si alguien me hubiera pillado haciendo algo feo aunque estaba solo. Porque no es que no quiera a mi familia. La quiero. Eso es lo que me incomoda más: la quiero y aun así hay momentos en que su cariño me pesa.. La llamada que no contesté. Mi mamá llama con voz de preocupación aunque no tenga una razón concreta. Pregunta por cosas chicas, pero detrás de cada pregunta siento otra pregunta más grande: si sigo siendo el mismo, si no me he alejado demasiado, si todavía pertenezco. Yo respondo como puedo, medio apurado, con frases hechas. “Sí, mami, todo bien”. “Estoy yendo nomás”. “No te preocupes”. “Ahorita no puedo hablar mucho”. Lo más incómodo es que muchas veces sí puedo hablar.
Lo que se mueve por debajo
Estoy sentado en mi cuarto, mirando cualquier cosa en el celular, sin hacer nada importante. Pero no quiero entrar en ese tono familiar donde todo se vuelve explicación. Si digo que estoy cansado, preguntan por qué. Si digo que salí, preguntan con quién. Si digo que no tengo ganas de ir este fin de semana, se hace un silencio que me deja peor que cualquier reclamo. Entonces miento suavecito. No invento grandes historias. Solo acomodo las cosas para que no duelan. Digo que tengo reunión, que hay trancadera, que se me acabó la batería, que estaba en la ducha. Mentiras pequeñas, de esas que parecen educación.
Y después me siento mala persona. Me criaron con la idea de que la familia está primero. No lo decían siempre con palabras, pero estaba en todo: en el plato servido antes de que uno pida, en la frazada extra, en el “avisá cuando llegues”, en la plata prestada sin recibo, en los domingos donde nadie preguntaba si uno quería ir, solo se iba. Y ahora que estoy viviendo por mi cuenta, en un cuarto que no es bonito pero es mío, descubro que también quería estar lejos de esa forma de amor. Eso cuesta admitir. Porque suena desagradecido. Suena como si me creyera mucho. Suena como si hubiera olvidado todo lo que hicieron por mí. No es eso. Yo sé lo que costó que yo estudiara, que alquilara, que pudiera comprarme mis cosas sin pedir cada semana.
Cierre
Sé que hubo sacrificios que ni siquiera me contaron completos. Pero saber eso no hace que de pronto me nazcan ganas de contestar todas las llamadas.. Lo que me asusta de estar tranquilo. En mi cuarto hay silencio. A veces se escucha al vecino moviendo una silla, los perros de la calle, algún micro pasando lejos. Ese silencio me calma. También me acusa. Porque en ese silencio no tengo que estar atento al humor de nadie. No tengo que medir si mi papá va a hablar seco o si mi hermana está molesta o si mi mamá necesita que le adivine una tristeza.
Puedo comer pan con té a las diez de la noche sin que nadie pregunte si eso es cena. Puedo dejar ropa en una silla y recogerla al día siguiente. Puedo no contar nada. Y ahí aparece una cosa que no sé decir sin sentirme mal: me gusta que no me necesiten tanto. Me gusta no ser el que arregla el celular de todos, el que imprime, el que acompaña, el que entiende los trámites, el que se sienta a escuchar porque “vos eres más paciente”. Me gusta que mi tiempo no esté disponible por defecto.
Me gusta que un sábado pueda perderlo sin justificarlo. Me gusta apagar la luz temprano y no conversar con nadie. Pero esa tranquilidad trae una pregunta fea: si estoy mejor lejos, ¿qué dice eso de mí? ¿Soy frío? ¿Soy egoísta? ¿Me volví una persona que usa a su familia cuando le conviene y después se esconde? Hay días en que me respondo con dureza. Me digo que soy un mal hijo, un mal hermano, alguien que recibió más de lo que está dispuesto a devolver. Después intento defenderme: también tengo derecho a respirar, también puedo quererlos desde cierta distancia, también puedo no estar disponible todo el tiempo. El problema es que ninguna de esas respuestas me deja limpio. Siempre queda una mancha. He notado que cuando vuelvo a casa me comporto como visita.
Dejo mi mochila en un rincón, pregunto si puedo servirme, lavo mi plato demasiado rápido. Mi mamá me dice que no sea exagerado, que estoy en mi casa. Yo sonrío, pero por dentro siento que ya no sé cómo estar ahí. Si me quedo mucho rato, me empieza a agarrar una impaciencia que disimulo mirando el celular. Si me voy temprano, me acompaña la culpa hasta la parada. Lo peor es que nadie me está haciendo nada terrible. No hay una gran pelea que pueda usar como explicación. No hay un motivo claro para decir: por esto me alejé. Sería más fácil si hubiera una escena fuerte, una frase imperdonable, algo que me autorice. Pero lo que hay es más pequeño y más difícil de contar: cansancio acumulado, ganas de tener una vida que no sea revisada, necesidad de no ser siempre el mismo hijo obediente que avisa todo. Me incomoda reconocer que una parte de mí no quiere volver a encajar. Quiere visitar, ayudar cuando pueda, llamar de verdad algunas veces, no por obligación. Quiere querer sin sentir que el cariño viene con lista de pendientes. Quiere poder decir “hoy no” sin que parezca abandono.. Para cerrar. Todavía no contesté esa llamada. Capaz lo haga más tarde y diga que estaba ocupado. Capaz vuelva a mentir poquito. No estoy orgulloso de eso. Solo estoy tratando de entender por qué algo tan simple como escuchar la voz de mi mamá puede hacerme sentir atrapado y querido al mismo tiempo. Quisiera encontrar una forma menos cobarde de tomar distancia. Una que no sea desaparecer, pero tampoco volver a entregarme entero solo para no sentir culpa.
