La funcionaria giró la pantalla para que comprobara mis datos y me señaló con el dedo la casilla de la dirección. “¿Sigue viviendo ahí?”, preguntó. Era una pregunta normal, de oficina, sin ninguna intención rara. Contesté que sí. Firmé donde tocaba, miré la foto nueva del DNI y salí con esa sensación tan tonta de que algo no cuadraba.
No era la foto. Bueno, también era la foto. Esa cara más cansada, la luz mala, la boca cerrada como si estuviera aguantando una respuesta. Pero lo que me incomodó fue otra cosa: ver mi vida resumida en cuatro líneas que apenas se mueven. Nombre, apellidos, fecha, domicilio. Todo correcto. Todo en orden. Y, sin embargo, por dentro yo no me sentía en orden.
Me dio por pensar que llevo años contestando “sí” a preguntas que igual ya no sé responder.
Sí, sigo viviendo ahí.
Sí, este es mi número.
Sí, soy esta persona.
Sí, todo sigue más o menos igual.
Pero ¿qué significa seguir siendo alguien? No lo pregunto de manera dramática, como quien se pone intenso después de dos copas. Lo digo porque hay días en que me levanto y funciono, hago recados, saludo al vecino, pongo lavadoras, pago lo que toca, contesto mensajes con frases razonables, y aun así tengo la impresión de estar representando a una versión mía que nadie revisa desde hace tiempo.
Lo incómodo es que no tengo una gran queja. No puedo señalar un desastre y decir: esto es lo que me ha cambiado. Mi vida no se ha roto. Más bien se ha ido estrechando con mucha educación. Un plan que ya no hago. Una amistad que queda en “a ver si nos vemos”. Un deseo que aparco porque no es el momento. Una pregunta que dejo para otro día porque estoy cansado.
Y entonces llega una mañana cualquiera, en una oficina con sillas de plástico, y alguien te pregunta si sigues viviendo en el mismo sitio. Y tú dices que sí, pero por dentro aparece otra pregunta: ¿sigo viviendo de verdad aquí o solo estoy ocupando el lugar donde se supone que debo estar?
Me da vergüenza escribirlo así, porque suena desagradecido. Tengo techo, tengo gente, tengo rutinas que me sostienen. No quiero despreciar nada de eso. Pero también me asusta que la vida pueda pasar sin hacer ruido, que uno se acostumbre a no preguntarse demasiado para no tener que mover nada.
Quizá lo que me inquieta no es cambiar, sino no saber si todavía puedo reconocer el rumbo. Si las decisiones pequeñas, las que parecen no importar, han ido construyendo una persona que se parece a mí solo por fuera.
Guardé el DNI nuevo en la cartera y tiré el viejo al cajón, no a la basura. Me pareció una tontería conservarlo, pero lo hice. No por nostalgia. Más bien por comprobar que hubo alguien antes, y que no estoy del todo seguro de quién está después.
