Cambié una palabra al contar algo en el bus, nada grande. —Dije “me avisaron tarde” en vez de “yo revisé tarde el mensaje”. —La diferencia cabía en una moneda, pero me quedé con esa molestia pequeña, como cuando uno siente una piedrita en el zapato y sigue caminando porque no quiere atrasarse.
—Tampoco mentiste tanto. Eso me dije primero. Que era una forma de resumir, que nadie iba a ponerse a investigar, que el punto del cuento era otro. —Además, ¿quién cuenta las cosas tal como fueron? —Siempre escogemos el orden, el tono, lo que dejamos por fuera. —Sí, pero escogiste justo la parte que te dejaba mejor. Ahí se complica. Porque la verdad no es solo una lista de hechos acomodados en fila. —También es la intención con que uno los entrega.
—Puedo decir algo técnicamente correcto y aun así usarlo para tapar lo que no quiero aceptar. Puedo no inventar nada y, sin embargo, empujar a la otra persona hacia una conclusión cómoda para mí. ¿Entonces la verdad es una cosa o una relación? Me cuesta pensarlo sin ponerme solemne.
—Pero en lo diario se nota. —En la casa, en el brete, en un trámite, en una conversación rápida mientras alguien sirve café. Uno va ajustando versiones para no quedar mal, para no herir, para no dar explicaciones, para que el día avance sin tanta fricción. Y claro, vivir diciendo todo sin filtro tampoco parece una virtud. Hay sinceridades que solo son ganas de descargar peso sobre otra persona. ——Entonces, ¿qué querés? —¿Ser transparente en todo? No. Eso suena imposible y hasta medio vanidoso. Como si uno tuviera una verdad pura guardada por dentro, lista para salir sin mezcla.
—Yo no la tengo. —A veces ni siquiera sé por qué hice algo hasta mucho después. A veces creo que estoy siendo honesto y luego descubro que estaba defendiendo una imagen mía. —Pero si todo es mezcla, ¿da igual?
No debería dar igual. —Esa es la tentación peligrosa: usar la complejidad como permiso. —Decir “todo depende” para no mirar de frente lo que sí depende de mí. Hay matices, claro, pero también hay movimientos internos bastante reconocibles. Uno sabe cuándo está explicando y cuándo está acomodando.
Sabe cuándo una omisión cuida y cuándo manipula. —No siempre con claridad total, pero algo sabe. —Tal vez la verdad no sea una piedra que uno lleva en la mano, sino una forma de no aprovecharse demasiado de la confusión. Una disciplina humilde, no perfecta. Preguntarme: ¿estoy contando esto para que se entienda mejor o para quedar a salvo? —¿Y vas a corregir lo del bus? —Probablemente no. —Ya pasó, y tampoco era un juicio. Pero sí me queda la tarea incómoda de oírme mejor la próxima vez.
No para convertirme en una persona impecable. Más bien para no acostumbrarme a esas pequeñas ediciones donde, sin hacer escándalo, voy abandonando algo importante.
