Me intriga si alguna vez soñé contigo y, al mismo tiempo, tú soñaste conmigo. No me refiero a soñar como quien inventa un escenario absurdo en el que las leyes de la física se doblan, sino a ese sueño que se siente más real que la vigilia. Hay noches en las que me despierto con la sensación de haber conversado con alguien, de haber compartido un instante tan preciso que dudo si ocurrió mientras dormía o en algún rincón de la vida que no recuerdo.
Coincidencias que no sabemos nombrar
Siempre me ha inquietado la posibilidad de que dos personas sueñen lo mismo, sin planearlo, sin saber que el otro existe o piensa en ellas. Imagino a dos mentes, cada una en su cama, cruzando un mismo pasillo de un edificio que no pertenece a ninguno, pero que ambas recorren con naturalidad. ¿Cómo se explica que el lugar y el momento coincidan, si ni siquiera hay un reloj que marque la hora en el sueño?
No sería un milagro, tampoco una ciencia exacta. Sería algo más parecido a una casualidad que decidió vestirse de destino. Tal vez no tenga sentido buscar pruebas; quizá la verdadera magia está en no saberlo, en dejar que esa incógnita siga latiendo dentro, como una carta que nunca abrimos. Y si ese pasillo que imaginé fue real en otro plano, me gusta pensar que soñé contigo ahí, sin que ninguno supiera el nombre del otro.
El eco invisible de una mirada
En los sueños, a veces no importa si el rostro es nítido. Basta con sentir que alguien nos mira, aunque no podamos reconstruir sus facciones al despertar. Me pregunto si, en esa misma noche, tú también sentiste mi mirada, aunque no pudieras ubicarla en tu memoria. Tal vez hubo un instante en que soñé contigo sin saberlo, y tú, en algún rincón de tu inconsciente, me reconociste.
Pienso que tal vez el inconsciente tiene una forma de reconocerse sin la lógica del día. Que mientras la razón duerme, hay partes de nosotros que viajan con una libertad que no sabemos aprovechar despiertos. En ese terreno sin coordenadas, cualquier encuentro es posible y cualquier silencio tiene un peso distinto.
Despertar con la sensación de haber estado acompañado
Hay mañanas en las que me incorporo con una certeza absurda: no estuve solo. No es una certeza que se pueda probar, sino una convicción que se siente en la piel, como el calor que deja un abrazo después de soltarse. En esos días, me quedo más callado de lo habitual, como si temiera que al hablar demasiado el recuerdo se disuelva.
Quizá lo más extraño es que no echo de menos a nadie concreto. Es más bien la nostalgia de un momento, de un vínculo sin nombre que, de alguna manera, me perteneció y ahora está fuera de mi alcance. Y aun así, me acompaña. Me pregunto si en ese instante perdido soñé contigo y si tú, al despertar, sentiste esa misma ausencia extraña.
El hilo que une lo que no vemos
Si aceptamos que en el mundo despierto existen coincidencias improbables —personas que se cruzan en lugares y momentos exactos—, ¿por qué no habría de ocurrir lo mismo en el territorio de los sueños? Tal vez hay un hilo que une ciertas vivencias, un tejido invisible que se tensa cuando dos personas duermen y sus mentes deciden encontrarse.
No me interesa saber si hay estudios que lo respalden. Prefiero la posibilidad intacta, la sensación de que en algún lugar de lo no tangible podrías estar esperándome. Y que, de vez en cuando, nos encontremos sin saber que nos hemos visto. Si alguna vez soñé contigo, no necesito pruebas: me basta con que la idea me parezca posible.
La conversación que nunca recordaremos
Pienso en todas las conversaciones que no llegaron a existir en la vigilia, pero que pudieron desarrollarse en un sueño. Quizá hablamos durante horas, compartimos secretos que jamás confesaríamos despiertos y, al abrir los ojos, todo se borró sin dejar rastro. Es irónico que podamos recordar un detalle inútil de un sueño absurdo, pero olvidemos las palabras que más nos pertenecían.
Tal vez no sea olvido, sino un pacto del subconsciente: lo que allí ocurre pertenece a ese lugar, no al mundo real. Y, sin embargo, la huella queda. Como una música que no recordamos haber escuchado, pero que reconocemos cuando suena en algún rincón del día. A veces pienso que esa música se parece a la sensación que me queda cuando soñé contigo.
Dejarse encontrar en la noche
No creo que podamos forzar un encuentro onírico. Lo más que podemos hacer es acostarnos con una intención suave, sin exigencias, y dejar que el sueño decida. En mi caso, cierro los ojos imaginando que hay una puerta en medio de la nada, y que del otro lado podrías estar tú. No siempre funciona, pero a veces despierto con la sensación de que estuve a punto de cruzarla.
Quizá soñar contigo no dependa de mi voluntad, sino de un azar que nos supera. Y si alguna vez sucede, tal vez no lo sepamos. Pero me gusta pensar que, de algún modo, ya ha ocurrido y que no fue la única vez que soñé contigo.
Cuando el día se parece a un sueño
Hay instantes de la vigilia que parecen fragmentos rescatados de un sueño. Una calle desconocida que sentimos familiar, un olor que nos transporta a un lugar que no visitamos nunca, un gesto que provoca una extraña cercanía. Me pregunto si son huellas de esos encuentros nocturnos, pequeñas fugas por las que lo onírico se filtra en lo real.
No importa si no podemos comprobarlo. Al final, los recuerdos más valiosos no siempre son los que se pueden narrar con precisión, sino los que se sostienen en el misterio. Y yo, por alguna razón, sigo buscando señales de que alguna vez soñé contigo y tú conmigo, aunque nunca podamos decirlo con certeza.
