. ¿En qué momento decidí que mi cansancio valía más?. El autobús venía con esa mezcla de abrigos mojados y ventanas empañadas que hace que todo parezca más pesado. Me senté en uno de los asientos reservados porque estaba libre, porque llevaba una bolsa en cada mano y porque me dije lo de siempre: si sube alguien que lo necesite, me levanto. Lo pensé con una seguridad casi limpia, como si la intención ya me dejara en buen lugar.
¿Qué se está defendiendo?
Tres paradas después subió una mujer mayor con un bastón plegable. No era una escena dramática. No se cayó, no pidió nada, no miró a nadie con reproche. Simplemente se quedó de pie, sujetándose como pudo, mientras el autobús arrancaba. Yo la vi. Y también vi que había más gente sentada alrededor. Ahí empezó mi negociación pequeña y bastante fea: que si otro estaba más cerca, que si igual se bajaba enseguida, que si yo también estaba reventado.. ¿Por qué esperé a que alguien me señalara?. No me levanté hasta que un chico, desde la puerta, dijo en voz alta que quizá podíamos dejarle el sitio a la señora.
No me lo dijo a mí directamente, pero me llegó como si llevara mi nombre. Entonces sí: me levanté, sonreí de una manera torpe y ella se sentó dándome las gracias. Nadie montó un número. Nadie me insultó. Precisamente por eso me costó más quitármelo de la cabeza. Lo que me incomoda no es haberme sentado al principio. Entiendo que cualquiera puede usar un asiento si está vacío y no hay nadie que lo necesite más. Lo que me pesa es haber visto la situación y haber esperado a que el ambiente me obligara a hacer lo correcto.
¿Dónde empieza la duda?
Me gusta pensar que soy una persona considerada, pero en ese rato actué como si la consideración dependiera de que alguien me pillara. Y eso cambia bastante la historia que me cuento sobre mí.. ¿Sirve de algo ser correcto solo cuando hay público?. Desde entonces me ronda una pregunta simple: cuántas veces convierto una obligación básica en un favor que doy si me apetece. Ceder un asiento no me hace admirable. No ocupar un espacio que otra persona necesita más no es generosidad, es un mínimo. Pero a veces maquillamos los mínimos para no sentirnos exigidos por ellos. No escribo esto para castigarme ni para quedar como alguien muy consciente.
De hecho, me da vergüenza lo ordinario del asunto. Quizá por eso lo cuento: porque lo ordinario también revela cosas. Ese día no hice un daño enorme, pero sí participé en una falta de respeto pequeña, de esas que se sostienen porque todos miramos hacia otro lado un segundo de más. Y yo quiero acordarme de ese segundo la próxima vez, antes de esperar a que alguien me lo tenga que decir.
