Hay una trampa muy eficaz en la vida pública: hacerte creer que la lucidez consiste en no esperar nada.
Yo caí en esa durante años.
Me parecía inteligente desconfiar de todo, reírme de cualquier promesa, asumir que toda estructura estaba podrida, que todo liderazgo iba a decepcionar, que toda consigna noble escondía vanidad o negocio. Y ojo, razones no faltaban. La realidad ha hecho méritos de sobra para volver cínico a cualquiera. Pero un día empecé a notar el efecto de esa postura en mí: me estaba quedando sin músculos para imaginar algo mejor.
No me estaban venciendo solo con malas decisiones. También me estaban venciendo robándome la esperanza y haciendo que yo lo llamara madurez.
Eso me molestó profundamente.
Porque la esperanza política no debería ser ingenuidad. No debería ser fe ciega, ni fanatismo, ni autoengaño, ni optimismo bobo. Para mí es otra cosa: la decisión de no aceptar que lo existente es lo único posible. La negativa a entregarle el futuro a los peores solo porque aprendieron a decepcionar más rápido.
Yo no quiero ser un hombre fácil de entusiasmar. Pero tampoco quiero ser uno imposible de conmover. No quiero que el fracaso repetido me convierta en espectador irónico de la historia ajena. Me niego a esa elegancia triste.
Hay algo profundamente funcional al poder en una ciudadanía convencida de que nada vale la pena. Una sociedad cansada de creer es una sociedad mucho más manejable. Mucho menos exigente. Mucho menos capaz de construir paciencia colectiva.
Por eso hoy cuido la esperanza como se cuida algo frágil y peligroso a la vez.
No la dejo volverse idolatría.
No la dejo transformarse en propaganda.
Pero tampoco permito que el sarcasmo me la robe entera.
Quiero seguir pensando que algunas cosas pueden mejorarse de verdad. No porque me lo prometa un salvador, sino porque todavía existen personas capaces de organizarse sin cinismo total.
Y eso, en estos tiempos, ya me parece casi un acto de resistencia.
