La panadería de la esquina estaba por cerrar y yo entré con esa seguridad ridícula de quien cree que comprar seis panes no puede salir mal. Había una cola corta, pero todos estábamos actuando como si el local fuera a despegar en cinco minutos: una señora pidiendo francés, otro señor mirando las vitrinas como si le fueran a revelar algo, una chica contando monedas con la concentración de una contadora en cierre de mes. Cuando me tocó, pedí seis panes y la muchacha me preguntó cuáles. Ahí empezó mi pequeña derrota. Porque yo digo pan como si el mundo entendiera una sola cosa, pero en la bandeja había ciabatta, yema, caracol, cachito, integral, unos redonditos que no sé cómo se llaman y el pan común, que tampoco sé si se llama así o yo lo he bautizado por flojera. Dije “de los normales”, una frase que debería venir con disculpa incorporada.
La chica señaló dos bandejas distintas. Elegí cualquiera, por no parecer una persona que necesitaba asesoría emocional para comprar pan, y salí con una bolsa tibia en la mano y la sensación de haber participado en un examen sorpresa sobre mi propia rutina. Lo peor es que en la casa nadie notó la diferencia. O sea, todo ese drama interno para terminar untando mantequilla igual que siempre, con la televisión prendida y alguien preguntando si quedaba café. Muy heroico lo mío, realmente.
