El domingo, en una comida familiar, alguien me preguntó qué seguía para mí. Lo dijo con buena intención, mientras partía un pastel y buscaba servilletas, pero la pregunta se quedó atravesada más tiempo del necesario. No era una agresión. No era burla. Era esa costumbre muy normal de medir a una persona por la próxima estación: mudarte, casarte, comprar algo, cambiar de puesto, tener hijos, emprender, irte, regresar, lo que sea que suene a avance. Y vengo a quejarme de eso, pero no desde el berrinche. Me quejo porque cada vez entiendo menos por qué tenemos que vivir como si estar aquí no alcanzara nunca.
- Me molesta que la vida se trate como una fila. Una fila donde todos vamos pasando por ventanillas distintas y alguien revisa si ya llevamos el sello correcto. Estudiaste, trabajas, te juntas, pagas, mejoras, produces, aseguras, dejas algo. Si te detienes, parece que estorbas. Si dudas, parece que estás fallando. Pero nadie explica bien hacia dónde va la fila. Nomás se asume que avanzar es bueno, aunque a veces avanzar sea repetir un camino que ni escogimos.
- También me incomoda que el presente tenga tan poco prestigio. Decir «ahorita estoy bien así» suena casi sospechoso. Como si uno escondiera una derrota. Como si no querer otra cosa de inmediato fuera falta de ambición o de carácter. Yo entiendo que hay que resolver, pagar cuentas, pensar en el futuro. No estoy defendiendo la irresponsabilidad. Lo que digo es que me cansa que el momento actual solo sirva como puente, nunca como lugar. ¿En qué parte se supone que uno habita su propia vida si todo es preparación para lo siguiente?
- La pregunta «qué sigue» muchas veces no pregunta por mí. Pregunta por una versión presentable de mí. Una respuesta que pueda contarse rápido en la sobremesa, sin incomodar a nadie. Si digo que estoy intentando entender qué quiero, se hace un silencio raro. Si digo que no sé si lo que busqué durante años todavía me importa, alguien cambia el tema. Si digo que me da miedo envejecer sin haber sentido que fui de verdad mío, ya parece demasiado. Entonces uno aprende a contestar con cosas seguras: «ahí vamos», «a ver qué sale», «mucho trabajo». Frases que no dicen nada, pero dejan tranquila a la mesa.
- Me quejo porque hay una presión suave que igual pesa. No es una orden directa. Nadie te apunta con el dedo. Es peor: es una suma de comentarios chicos, comparaciones discretas, felicitaciones que tienen forma de examen. «Ya te toca». «A tu edad». «No te vayas a quedar». «Aprovecha el tiempo». Y sí, el tiempo se va. Eso es justo lo que me preocupa. Pero por eso mismo no quiero gastarlo actuando una seguridad que no tengo. La finitud no debería usarse para apurarnos como ganado; debería ayudarnos a preguntar con más honestidad qué vale la pena.
- Hay días en que siento que soy más currículum que persona. No por el trabajo solamente, sino por la forma en que nos contamos. Fechas, logros, pérdidas, cambios de dirección, propiedades, títulos, diagnósticos, viajes, rupturas. Todo acomodado como si al final alguien fuera a evaluar si la historia tuvo buen ritmo. Pero por dentro la vida no se siente así. Por dentro hay semanas enteras que no dejan anécdota y aun así te cambian. Hay decisiones pequeñas que nadie aplaude y te salvan. Hay cansancios que no caben en ninguna biografía decente.
- No me convence la idea de que dejar huella sea obligatorio. Suena bonito, pero a veces se vuelve otra exigencia. ¿Y si no dejo una gran huella? ¿Y si mi paso por aquí es más discreto? ¿Eso vuelve menos real lo que sentí, lo que cuidé, lo que intenté entender? Me parece injusto que hasta la muerte la tengamos que convertir en rendimiento: que te recuerden, que tu nombre siga, que tu obra quede, que tu familia hable de ti. Tal vez una vida también puede valer aunque se borre despacio, como se borra casi todo.
- Me preocupa pertenecer solo si cumplo. En muchos lugares te reciben mejor cuando puedes enseñar una señal de avance. Pareja estable, casa, plan, ahorro, estabilidad emocional, metas claras. Si no tienes eso, tienes que explicar por qué. Y explicar tu vida todo el tiempo cansa. Me gustaría pertenecer sin tener que defender mi etapa, sin presentar pruebas de que no estoy desperdiciando el oxígeno. Quisiera que a veces bastara decir: estoy tratando de estar, con lo que entiendo y con lo que no.
- La queja de fondo es contra una idea muy pobre de rumbo. Nos dicen que tener rumbo es saber exactamente a dónde vas. Yo ya no estoy tan seguro. A veces tener rumbo es notar qué cosas te vacían. A veces es aceptar que cambiaste de pregunta. A veces es dejar de perseguir una imagen de ti que funcionaba a los veinte, a los treinta o a la edad que sea, pero que ahora te queda apretada. No todo desvío es pérdida. No toda pausa es fracaso. No toda claridad llega con cara de plan.
No espero que el mundo deje de preguntar qué sigue. Es una pregunta fácil y, muchas veces, cariñosa. Pero sí quisiera que no fuera la única. Que también cupieran otras: qué te está haciendo sentido, qué ya no puedes fingir, dónde sientes que estás viviendo en automático, qué parte de ti pide menos ruido.
Tal vez conteste mejor la próxima vez. O tal vez vuelva a decir «ahí vamos», porque tampoco siempre se puede abrir el pecho entre platos y vasos. Pero por lo menos quería dejarlo ordenado aquí: no estoy en contra de avanzar. Estoy en contra de que nos hagan creer que vivir solo cuenta si se ve como avance.
