En una tienda de muebles me sorprendí defendiendo un sofá que, cinco minutos antes, me daba bastante igual. La dependienta explicó las ventajas, mi pareja dijo que encajaba con el salón y yo empecé a hablar como si llevara meses deseándolo. No mentía exactamente, pero tampoco estaba diciendo una verdad muy antigua. Era una preferencia recién nacida, casi improvisada, y aun así ya la trataba como parte de mi carácter.
Desde entonces le doy vueltas a una duda un poco incómoda: ¿cuándo empieza un deseo a ser realmente mío? Solemos hablar de querer como si fuera una prueba interior, una especie de firma privada. “Lo quiero” parece una frase clara, cerrada, sin demasiada discusión. Pero muchas veces el querer aparece después de una mirada ajena, de una comparación, de una oferta, de una expectativa que se coloca en la habitación sin hacer ruido. Y entonces uno no sabe si ha descubierto algo propio o si ha adoptado algo que pasaba por allí con buen envoltorio.
No digo que haya un yo puro escondido debajo de todo, esperando a que le quitemos la publicidad, las costumbres y las opiniones de los demás. Eso también me suena falso. Somos mezcla, contagio, educación, época, familia, barrio, cansancio. Nadie desea desde una cueva limpia. Pero aceptar eso no debería llevarnos a rendirnos ante cualquier apetencia que aparezca. Entre negar las influencias y obedecerlas sin pensar hay un espacio difícil, y quizá ahí está una parte de la libertad posible.
Me preocupa que confundamos autenticidad con intensidad. Si algo me ilusiona mucho, tiendo a creer que es más verdadero. Si me apetece con urgencia, lo llamo necesidad. Si me imagino explicándoselo a alguien con entusiasmo, ya lo siento justificado. Pero la fuerza de un deseo no garantiza su origen ni su valor. Hay deseos muy intensos que nacen de la inseguridad, del miedo a quedarse atrás, de la necesidad de encajar o de la simple fatiga de decidir. También hay deseos modestos, casi tímidos, que dicen más de uno que todas esas ganas enormes que se encienden y se apagan en dos días.
La crítica fácil sería culpar al mercado, a las redes, al escaparate permanente en el que vivimos. Algo de eso hay, claro, y conviene no ser ingenuos. Pero me parece demasiado cómodo imaginar que el problema siempre viene de fuera. También hay una colaboración nuestra. Nos gusta que nos sugieran quién ser. Cansa mucho sostener una identidad abierta, revisar prioridades, admitir contradicciones. A veces preferimos comprar una versión ya montada de nosotros mismos: la persona ordenada, la persona interesante, la persona tranquila, la persona que sabe cuidarse, la persona que tiene criterio. No compramos solo cosas; compramos pequeños argumentos para poder decir “yo soy así”.
Por eso intento desconfiar un poco de la frase “me lo merezco”, no porque esté mal darse gustos, sino porque a veces funciona como un permiso que evita la pregunta principal. Merecer algo no aclara si lo quiero de verdad, ni si me acerca a lo que valoro, ni si simplemente estoy compensando una semana desagradable con un gesto rápido. Tampoco quiero convertirme en alguien que analiza cada café como si fuera un dilema moral. Sería insoportable. Pero entre vivir en examen permanente y vivir en piloto automático hay grados, y esos grados importan.
Quizá querer algo de forma propia no signifique que el deseo haya nacido solo dentro de mí, sin contaminación alguna. Quizá significa que puedo mirarlo un momento, reconocer de dónde viene más o menos, aceptar lo que arrastra y decidir si lo hospedo o no. No todos los deseos merecen casa. Algunos solo estaban de paso. Otros, al mirarlos despacio, dejan de parecer caprichos y se vuelven orientación. Esa diferencia no siempre se ve al principio, pero me parece una tarea bastante seria: aprender a distinguir entre lo que me llama y lo que simplemente ha aprendido a pronunciar mi nombre.
