El motor ya estaba apagado y yo seguía sentado con las llaves en la mano, mirando el reflejo torcido del edificio en el windshield. —Qué escena tan dramática, pensé. —Un adulto funcional, estacionado frente a su propia casa, como si adentro hubiera un dragón y no una bolsa de basura que olvidé sacar en la mañana.
—Bájate ya. Sí, claro. Bajar. —Abrir la puerta. —Subir las escaleras. Saludar si alguien sale al pasillo. Revisar el correo aunque casi siempre sea propaganda. Entrar. —Hacer como que llegar es descansar. ——No estás huyendo de nada. Ah, qué buena noticia. Entonces supongo que estar quieto quince minutos viendo cómo se empaña un vidrio es un hobby. Muy económico, por cierto. —Cero membresías. —Lo que me cuesta admitir es más simple y más feo: a veces mi casa también me pide cosas.
No cosas enormes. No tragedias. Solo platos, mensajes sin contestar, ropa doblada a medias, una llamada pendiente, el silencio raro de las habitaciones cuando uno no tiene energía para llenarlas. —Y yo venía de pasar el día contestando “sí, claro” con una voz que debería ganar horas extras.
——Pero la casa no tiene la culpa. Ya sé. Nadie tiene la culpa. Esa es la parte más irritante. —Sería más cómodo señalar algo. —El tráfico, el trabajo, la renta, el vecino que deja la puerta del laundry room abierta. Pero no. Era yo, sentado en el carro, sin querer moverme porque moverme significaba seguir siendo yo en otro cuarto. Me acordé de una vez, hace años, en la que mi mamá me dijo que no me quedara dormido con los zapatos puestos porque después “uno se acostumbra a vivir a medias”.
—Yo me reí. —Qué frase tan de mamá, pensé. Y mírame ahora: zapatos puestos, cinturón desabrochado, viviendo a medias pero con buen parqueo. —Solo necesitas cinco minutos. Eso me dije al principio. —Cinco. —Luego ocho.
Luego el teléfono me mostró que ya iban diecisiete, porque hasta para no hacer nada necesito evidencia. No era tristeza exactamente. Tampoco era flojera, aunque la flojera siempre recibe la culpa porque no se defiende. —Era una necesidad rara de no ser requerido por nadie, ni siquiera por mi propia rutina.
—Como si antes de entrar tuviera que negociar conmigo mismo una tregua pequeña. —Puedes entrar y no hacer todo. Esa idea me pareció sospechosa. Muy moderna. —Muy de esas frases que uno acepta en teoría y traiciona en la cocina. —Pero respiré. Guardé las llaves. Abrí la puerta del carro. No resolví nada, para ser honesto. —Solo subí. —Dejé la bolsa donde no iba. Tomé agua directo del vaso limpio que encontré. Y por una vez no convertí la noche en una lista de pendientes disfrazada de persona responsable.
—Mira, tampoco era tan difícil. —No. —Difícil no era. Lo difícil era permitirme entrar sin exigirme llegar entero.
