Yo no sé mucho de esas palabras finas, pero sí sé una cosa: hoy en día a uno le roban la atención como quien te saca algo del bolsillo sin que te des cuenta. Y lo peor es que yo mismo les abro la puerta.
Me pasa así: agarro el teléfono “un momentico” y cuando vengo a ver ya pasó media hora. A veces una hora. Y ni siquiera fue algo bueno. Fue puro video corto, puro chisme, puro “mira esto” y “mira aquello”. Termino con la cabeza como llena de humo. Y después digo: “qué loco, no hice nada”. Pero no es que no hice nada: hice lo que ellos querían que yo hiciera, que es quedarme pegado.
Yo antes pensaba que era culpa mía, que yo soy flojo o que me falta fuerza. Pero ya me di cuenta de que esas aplicaciones están hechas pa’ que uno se quede ahí. Eso es el negocio. Te ponen cosas que te dan curiosidad, rabia, risa, lo que sea, con tal de que no sueltes el aparato. Y yo caigo fácil. Porque uno llega cansado, con la cabeza apretada, y lo más fácil es dejarse llevar.
Lo que más me roba el foco no es solo el teléfono. Es el “pipi pipi” de las notificaciones. Es que uno está haciendo algo y de repente: mensaje. Video. Alguien etiquetó. Alguien comentó. Y uno se voltea como un perrito cuando oye el pote. Y ahí se me va el hilo. Después me cuesta volver. Y me da arrechera, porque siento que mi mente ya no es mía, como si estuviera alquilada.
Y eso se nota en la vida real. Estoy hablando con alguien y, sin querer, estoy pensando en revisar el teléfono. Estoy viendo una película y me dan ganas de mirar otra cosa. Estoy trabajando y me pongo a brincar de una cosa a otra. Como si mi cabeza no aguantara estar en un solo sitio. Eso a mí me asusta un pelo, porque uno termina viviendo a pedacitos, todo cortado.
Pero bueno, tampoco me voy a poner dramático. Yo he encontrado unas cosas sencillas pa’ recuperar el foco, así, a lo criollo.
La primera: cuando de verdad tengo que hacer algo, pongo el teléfono lejos. Lejos de verdad. No en el bolsillo. No al ladito. Lejos. A veces lo dejo cargando en otra parte. Porque si lo tengo cerca, pierdo.
La segunda: quito notificaciones. Al principio da como ansiedad, como que “y si me están escribiendo”. Pero después uno respira. Es como bajar el volumen del mundo.
La tercera: hago una lista chiquita, pero chiquita de verdad. Dos o tres cosas y ya. Porque si me pongo veinte, me abrumo y termino viendo videos pa’ “descansar”.
La cuarta: me pongo un tiempo corto. Quince minutos. Diez. Lo que sea. Y me digo: “solo esto”. Muchas veces, cuando arranco, sigo. El problema es arrancar.
Y la última, que suena boba, pero me sirve: me aburro un rato sin culpa. O sea, no agarro el teléfono apenas hay silencio. Me quedo ahí. Lavando un plato, mirando por la ventana, caminando sin audio. Al principio es incómodo, pero después siento que la cabeza se acomoda sola, como que vuelve a su sitio.
No te voy a decir que ya soy un monje de la concentración, qué va. Yo todavía caigo. Pero ahora por lo menos me doy cuenta. Y cuando me doy cuenta, puedo escoger. Y ese es el punto: que no me roben el foco gratis. Que si lo voy a dar, sea porque yo quiero, no porque me engancharon.
Porque al final mi atención es mi vida, mano. Y yo quiero vivirla completa, no en pedacitos.
