Primera escena
. Escena 1: el mensaje antes de cerrar la puerta. La zapatilla izquierda ya la tenía puesta y la derecha estaba tirada al lado de la mochila. En la pantalla apareció un mensaje: “¿Podés pasar antes por casa y traerme eso?”. Era algo chico, de esos favores que parecen no contar porque no llevan más de quince minutos. Me quedé mirando el teléfono con la mano en el picaporte, haciendo esa cuenta rápida que hago siempre: si salgo ya, si el colectivo viene bien, si no hay cola, si después corro un poco, llego.
Mi primer impulso fue contestar “sí, obvio”. Casi lo escribí. Me dio esa vergüenza rara de poner un límite por algo que no es grave. Como si uno sólo pudiera negarse cuando está destruido, enfermo o con una excusa enorme arriba de la mesa. Pero esta vez borré el “obvio” y escribí: “Hoy no llego a hacerlo sin apurarme mucho. Si querés lo veo mañana”. Lo mandé con una sensación bastante infantil, como si hubiera hecho una travesura. Después me quedé esperando el castigo, que en realidad era apenas una respuesta. No pasó nada terrible. Me dijeron “dale, mañana está bien”.
Segunda escena
Y yo salí igual, pero un poco menos partido en dos.. Escena 2: la silla que acepté sin pensar. En la sala de espera había una sola silla libre y una señora me preguntó si se la podía guardar mientras iba al baño. Le dije que sí antes de entender la situación. Al rato vino otra persona con cara de cansancio y miró la silla. Yo estaba parado al lado, cuidando un lugar ajeno como si fuera una misión. Me sentí ridículo, pero también responsable. Esa mezcla me conoce demasiado: sostener algo que acepté rápido, aunque después no sepa bien por qué.
No quiero volverme una persona dura. Me da miedo que cambiar esto me convierta en alguien frío, de esos que responden todo con una pared. Pero también estoy viendo que mi amabilidad, cuando sale automática, a veces no es amabilidad: es miedo a incomodar. Entonces probé una versión más torpe y más honesta. Cuando la señora volvió, le dije: “Te la guardé, pero me di cuenta de que no siempre puedo decir que sí tan rápido. Me sale solo”. Se rió un poco, no de mala manera. Capaz ni le importó. A mí sí. Porque lo dije en voz baja, sin dar una charla, sin pedir aplausos por tener un límite mínimo..
Tercera escena
Escena 3: la respuesta que todavía me cuesta. A la noche, en casa, anoté tres frases en una hoja que después dejé arriba de la mesa. No eran frases lindas. Eran herramientas medio desprolijas para cuando me agarra el apuro de quedar bien: “Ahora no puedo confirmarte”, “Lo pienso y te digo”, “Hoy no me da”. Me dio pudor escribirlas, como si estuviera ensayando ser otra persona. Pero en realidad estoy tratando de ser menos mentiroso con mi propio tiempo. Sé que no voy a cambiar de golpe.
Mañana probablemente vuelva a decir que sí a algo que no quiero, y después me enoje conmigo en el baño, en la fila del súper o mientras lavo un plato. No me interesa prometerme una vida impecable. Me alcanza con poner una pausa donde antes había reflejo. Un segundo, nada más. Respirar antes de contestar. Preguntarme si puedo de verdad o si sólo quiero evitar la cara del otro. Y si la respuesta es no, decirlo sin adornarlo tanto. Capaz mi pequeño trabajo ahora sea ese: dejar de correr para demostrar que soy buena persona.
