Primera escena
. Escena 1: la sobremesa. El vaso de plástico quedó medio aplastado entre mi mano y la mesa, y recién ahí noté que estaba hablando más fuerte de lo necesario. Era una comida familiar sin nada especial: milanesas recalentadas, una ensalada con demasiado limón, la tele prendida sin volumen. Alguien mencionó la primaria del barrio y yo, casi por reflejo, saqué una anécdota que vengo contando hace años: una maestra que me hizo pasar al frente porque yo había escrito mal una palabra en el pizarrón.
Según mi versión habitual, todos se rieron, yo me quedé duro y después aprendí a esconder la letra. Mientras la contaba, vi las caras alrededor. Algunos ya la conocían, pero igual siguieron el hilo. Tiene algo cómodo esa escena: un chico, un error, una humillación chiquita que explica una manía adulta. Cierra bien. Demasiado bien, diría ahora. Porque en la mitad del relato me acordé de un detalle que siempre dejo afuera: no estoy seguro de que se hayan reído todos. Tal vez fueron dos. Tal vez nadie se rió y yo sentí que sí. Tal vez la maestra no fue cruel, sino apurada.
Segunda escena
La palabra mal escrita tampoco la recuerdo con certeza. Cada vez que cuento eso, pongo una palabra distinta y nadie se da cuenta, ni yo. Seguí igual. No frené para aclarar. Me escuché acomodar los tiempos, limpiar las dudas, ponerle una frase final al chico que fui, como si en ese momento hubiera tenido la lucidez de contestar algo digno. No la tuve. Lo más probable es que haya bajado la cabeza y vuelto al banco con las orejas calientes. Me dio vergüenza admitirlo ahí, no por el hecho en sí, sino por la necesidad de haberlo vuelto más narrable.
Como si mi infancia necesitara edición para ser tomada en serio.. Escena 2: el colectivo. Dos días después, en el colectivo, una mujer le contaba a otra una discusión que había tenido en una verdulería. No hablaba para mí, claro, pero el colectivo a veces no deja espacio para no escuchar. Dijo que el verdulero le había hablado mal, que ella no se dejó pasar por arriba, que le respondió con calma y que todos los que estaban ahí se quedaron callados. La amiga asentía con esa atención de quien ya sabe que no conviene interrumpir una versión en marcha. Me interesó menos la pelea que la forma en que la mujer la iba ordenando.
Tercera escena
Primero puso el lugar, después la ofensa, después su respuesta. Cada elemento entraba como si hubiera estado esperando turno. Yo hacía fuerza, en silencio, para que apareciera una fisura: que dijera “bah, no sé si fue tan así”, o “capaz yo venía cruzada”. No apareció. Y no la juzgo. Al contrario. La entendí demasiado. Hay relatos que uno no cuenta para informar, sino para volver habitable algo que todavía molesta. El colectivo frenó de golpe cerca de una esquina y varios nos agarramos de lo que pudimos.
La mujer perdió por un segundo el hilo y después lo retomó desde una frase anterior, casi igual. Esa repetición me dejó pensando. A veces una historia no se recuerda: se ensaya. Se pule mientras va saliendo de la boca. Una parte de nosotros escucha desde afuera y corrige. Saca una pausa, agrega una intención, acomoda el gesto del otro para que no parezca tan confuso. La vida real viene llena de ruidos, de cosas que pasan al mismo tiempo, de motivos mezclados. Al contarla, la dejamos más limpia.
Y en esa limpieza puede haber alivio, pero también trampa. Me bajé unas paradas antes de mi casa porque tenía que comprar pan. En la vereda, todavía con la conversación ajena encima, pensé en la cantidad de veces que dije “me contestó mal” cuando quizá alguien solo estaba cansado. Pensé también en las veces que dije “yo no dije nada” y omití mi cara, mi tono, ese gesto mínimo con el que uno puede empujar una discusión sin pronunciar una palabra fuerte. No es que todo sea mentira. Sería más fácil si fuera eso. Lo complicado es que casi todo puede ser cierto y estar, al mismo tiempo, mal armado.. Escena 3: la versión que queda. Esa noche abrí un archivo viejo en la computadora. No era un diario íntimo, aunque por momentos se le parece. Tengo notas sueltas, escenas que anoto para no perderlas, frases que escucho en la calle, recuerdos que aparecen mientras lavo platos o espero que hierva el agua. Busqué la anécdota de la maestra. Estaba escrita en tres versiones distintas, con fechas separadas por años. En una, yo era más chico. En otra, la maestra tenía un guardapolvo impecable. En la tercera, aparecía un compañero que quizá ni siquiera iba a mi curso. Me quedé leyendo esas variantes con una incomodidad tranquila. No sentí que hubiera descubierto una gran mentira, sino algo más ordinario: mi forma de necesitar sentido. Me cuesta aceptar que algunas cosas hayan pasado sin enseñanza, sin cierre, sin frase que las acomode. Me cuesta dejar que un recuerdo quede torcido, incompleto, con partes que no sirven para explicar nada. Entonces lo llevo, sin darme cuenta, hacia una forma más presentable. Le pongo borde. Le doy una luz pareja. Le invento, a veces, una dignidad que en el momento no tuve. No quiero volverme desconfiado de todo lo que cuento. Sería insoportable vivir revisando cada palabra como si declarara ante alguien. Pero sí quisiera tener más cuidado con esa tentación de hacerme quedar siempre un poco mejor, o un poco más herido, o un poco más claro de lo que fui. Hay una honestidad rara en admitir que algunas escenas no nos pertenecen del todo, aunque nos hayan pasado a nosotros. También las tocó el miedo, la vergüenza, el deseo de ser comprendidos. Cerré el archivo sin corregirlo. Me pareció mejor dejar las tres versiones ahí, una debajo de la otra, como se dejan tres vasos usados en la pileta cuando ya es tarde. No para castigarse, sino para verlos a la mañana con otra luz. Capaz la verdad no esté en elegir una sola versión, sino en mirar qué cambia cada vez que la cuento. Y en preguntarme, antes de redondear el final, qué parte de lo vivido estoy tratando de salvar.
