Cuando el mercado de hechicería te mira de vuelta
El mercado de hechicería no es un sitio donde uno vaya buscando certezas. Más bien, es un lugar donde las certezas se disuelven, y lo que queda es un murmullo raro, como si las cosas allí tuvieran su propia respiración. Yo no fui por curiosidad turística ni por seguir alguna moda. Fui porque necesitaba un objeto que me cuidara, aunque todavía no sabía de qué exactamente.
En esos pasillos estrechos, entre frascos con hierbas y piedras que parecían recién despertadas, uno siente que todo observa. A veces pienso que los objetos no esperan que creas en ellos, sino que los reconozcas como parte de tu historia. Y en ese reconocimiento, te devuelven algo.
Elijo siempre con la mano, nunca con la vista. Hay cosas que parecen gritarte desde el fondo de un estante, pero cuando las tocas, se callan. Y otras que, silenciosas, empiezan a latir en la palma.
No sé si es protección o compañía, pero hay cosas que uno compra ahí que terminan habitando la casa como si fueran un huésped que nunca se va.
Objetos que cargan su propia memoria
Un amuleto que te cuida no es necesariamente el más caro ni el más bonito. Es más bien el que lleva en sí una historia que no se deja explicar del todo. Como si viniera con una memoria prestada, lista para confundirse con la tuya. Tal vez por eso el mercado de hechicería no se parece a una tienda normal: ahí no se vende, se adopta.
Me ha pasado de encontrar un objeto que parecía recordar algo de mí antes de que yo siquiera lo viera. Suena extraño, pero uno siente cuando un pedazo de metal, tela o piedra está esperando que lo lleves a casa. Y no se trata de magia en el sentido que venden las películas, sino de un acuerdo silencioso.
Hay quienes dicen que son simples supersticiones. Yo prefiero pensar que son extensiones de la intuición. Una forma de darle cuerpo a algo que no se ve, pero que acompaña igual.
En la mesa donde trabajo, hay un pequeño colgante que compré hace años. Nunca me ha protegido de nada medible, pero me recuerda que sigo aquí, y eso ya es bastante.
El peso invisible de lo que cuida
Algunos objetos pesan más de lo que aparentan, pero no por el material. Es un peso invisible, hecho de historias ajenas, de viajes en bolsillos desconocidos, de manos que lo entregaron sin saber adónde iría a parar. El mercado de hechicería está lleno de ese tipo de peso. No incomoda, pero tampoco se ignora.
Yo creo que parte de lo que nos cuida es que nos obliga a recordar que no estamos aislados. Que hasta la piedra más quieta fue parte de un río, y que un hilo torcido viene de una fibra que estuvo en otro lugar antes de llegar a tu muñeca.
No sé si eso sea espiritualidad o simplemente sentido común, pero me funciona. Tener cerca algo que me recuerde que formo parte de algo más grande que mi propia rutina es como un ancla, pero que no inmoviliza.
A veces pienso que el objeto no es el que cuida, sino la atención que le damos. Y que esa atención es la que nos devuelve a nosotros mismos.
Salir con las manos llenas, aunque sea de aire
La última vez que fui, no traje nada físico. Caminé, toqué, observé, pero no hubo un objeto que quisiera venirse conmigo. Y sin embargo, salí con las manos llenas. No de cosas, sino de una sensación de estar mejor armado para enfrentar lo cotidiano.
Tal vez eso sea lo que el mercado de hechicería ofrece de verdad: un espacio donde puedes reacomodar tus piezas internas, con o sin amuletos. A veces la protección es más una postura que un artefacto.
No niego que me gusta encontrar algo para llevar, pero aprendí que no siempre es necesario. El mercado también sabe dejarte ir con lo invisible, y eso es igual de válido.
Quizás la próxima vez me encuentre con algo que me llame, o quizás solo vuelva a escuchar ese murmullo que no pide explicación. De cualquier forma, sé que volveré.
