La meritocracia suena bien cuando la dices despacio. Tiene música de justicia: “si te esfuerzas, te va bien”. En un país como México, donde a mucha gente le enseñaron que “echarle ganas” es casi una religión, la idea cae como anillo al dedo. El problema es que, cuando la bajas a la calle, la meritocracia se vuelve una frase tramposa: sirve más para explicar por qué alguien se quedó atrás que para entender por qué alguien llegó.
Digo “con hambre” porque hay un punto en el que el esfuerzo deja de ser virtud y se vuelve supervivencia. Cuando estás contando monedas, no “te estás formando carácter”: estás intentando que alcance para el camión, la renta, el gas, los útiles. Y sí, la gente con hambre se esfuerza un chingo. Lo que pasa es que el esfuerzo no se acumula igual si tu día empieza con desayuno y termina con cama, o si empieza con deuda y termina con incertidumbre. La energía mental también es un recurso, y se gasta rápido cuando vives a la defensiva.
La meritocracia clásica asume un terreno más o menos parejo: mismas reglas, mismas oportunidades, mismos árbitros. Pero en la vida real el terreno está inclinado y encima llueve. Hay quien corre con tenis nuevos y quien corre con los pies lastimados. Hay quien puede fallar dos veces y volver a intentar; hay quien falla una vez y se le cae el techo. Entonces llega el discurso motivacional y te dice: “es cuestión de disciplina”. Y uno, que quiere creer, se culpa. Porque si el sistema es justo, el que falla eres tú.
Yo no estoy diciendo que el esfuerzo no importe. Claro que importa. Yo he visto gente salir adelante a puro trabajo y terquedad. Pero también he visto lo contrario: gente que se mata trabajando y no sube, nomás se cansa. Y eso es lo que casi no se cuenta, porque rompe la narrativa bonita. La narrativa bonita necesita excepciones para sobrevivir: el caso inspirador, el “sí se puede”, el video que te hace llorar. Y sí, hay historias reales así. Pero si tu modelo depende de milagros, no es modelo, es lotería.
Además, la meritocracia con hambre tiene un efecto cruel: convierte la pobreza en culpa individual. Ya no es “hay desigualdad”, es “no te supiste mover”. Ya no es “tu escuela era mala”, es “no aprovechaste”. Ya no es “no había red de apoyo”, es “te faltó mentalidad”. Y la palabra “mentalidad” se usa como si fuera una herramienta universal, cuando muchas veces es un lujo. Tener mentalidad de largo plazo es más fácil cuando no estás resolviendo incendios cada semana.
En México esto se siente en cosas bien concretas. Por ejemplo: estudiar. “Échale ganas a la escuela”, te dicen. Pero hay quien estudia en un salón sin maestro fijo, sin laboratorio, sin internet estable, y luego le piden competir en el mismo examen con alguien que tuvo clases extra, biblioteca, tiempo y calma. O el tema del trabajo: “si trabajas duro, te ascienden”. Pero hay empleos donde el esfuerzo solo te consigue más carga, no mejor sueldo. Hay gente que se vuelve indispensable… para que no la suban. Y ahí el esfuerzo se vuelve una jaula: te premian con más trabajo y te castigan con el mismo salario.
También está la meritocracia de redes, que casi nadie nombra. En teoría, ganas por mérito. En práctica, muchas puertas se abren por recomendación, por apellido, por estar en el grupo correcto, por caerle bien a la persona correcta. No digo que eso sea siempre corrupción; a veces es confianza. Pero llamarlo “mérito” es una forma elegante de ocultar el privilegio. Hay quien nace con “contactos” como quien nace con un idioma. Y luego te dicen que es talento.
Entonces, ¿qué hacemos con esto? Porque tampoco quiero caer en la resignación. Si todo es estructura, parece que el individuo no pinta nada. Y no es cierto. El individuo sí decide cosas. El esfuerzo sí cambia vidas. Lo que pasa es que no debería ser la única explicación ni la única exigencia.
A mí me sirve pensar así: el esfuerzo es necesario, pero no es suficiente. Y si no es suficiente, no es culpa moral del que se esfuerza. Es una señal de que faltan condiciones: educación real, salud, transporte digno, seguridad, reglas laborales que no te expriman, y sobre todo redes de apoyo que no dependan de “tener suerte” con tu familia o tu barrio. La meritocracia sin piso es puro discurso: te pide que vueles cuando todavía estás aprendiendo a caminar.
Quizá la pregunta más honesta sería: ¿cómo hacemos para que el esfuerzo sí alcance más seguido? ¿Cómo reducimos el costo de equivocarse? ¿Cómo dejamos de tratar la pobreza como un defecto personal? Porque cuando le dices a alguien “si no sales adelante es porque no quieres”, lo que haces es cerrar el diálogo. Y de paso, te proteges: si el mundo es justo, tú no le debes nada a nadie.
Pero el mundo no es justo por default. Se vuelve un poquito más justo cuando lo hacemos discutible. Cuando aceptamos que hay gente que se parte el lomo y aun así no llega. Y que, si de verdad creemos en el mérito, entonces lo primero es garantizar el mínimo: que nadie tenga que competir con hambre. Porque competir con hambre no es falta de ganas. Es desventaja estructural. Y mientras no lo digamos así, la meritocracia va a seguir funcionando como excusa: una manera elegante de culpar al que ya viene perdiendo.
