El primer año que mi abuela ya no estuvo, mi mamá puso el altar como siempre: el mantel, las veladoras, el cempasúchil que perfuma hasta el pasillo. Yo ayudé, sí, pero traía una sensación rara, como si estuviera armando una escena para alguien que no podía entrar. Entonces hice algo medio extraño: en lugar de quedarme mirando la ofrenda, me fui a mi cuarto y abrí la galería del celular.
Ahí estaba mi abuela, pero en miniatura: en fotos borrosas, en videos donde se escucha más el viento que su voz, en capturas de pantalla de mensajes que ya ni recordaba. Y me cayó el veinte: en mi casa el altar era físico, pero mi memoria ya era digital. No por modernidad, sino por pura inercia: lo que no está en el teléfono, como que se me desdibuja.
El altar que sí cabe en el bolsillo
No hablo de “subirla a redes” para tener likes (eso se me hace feo, la neta). Hablo de otra cosa: de componer una ofrenda con lo que el teléfono permite. Una foto donde mi abuela sale seria, otra donde está muerta de risa, una nota de voz vieja, un pedacito de canción que le gustaba, y hasta el sonido de la calle de la colonia en la noche. Todo junto, como un collage que no puedes poner sobre la mesa, pero sí puedes recorrer con el dedo.
Lo curioso es que, cuando lo armé, me di cuenta de que estaba haciendo decisiones de artista sin querer: qué color se repite, qué imagen se queda, qué se corta, qué se guarda para mí. En el altar real pones objetos; en el digital pones edición. Y la edición es una forma de cariño… pero también de control. Ahí ya no estaba “recordando” nada más: estaba inventando una versión ordenada del recuerdo.
No digo que eso sea malo. Solo es raro admitirlo.
Cuando el algoritmo se mete al velorio
El problema del altar digital es que no existe en el vacío. En el altar de la sala manda la casa: el silencio, el olor, el tiempo. En el altar digital manda la plataforma, aunque no quieras. Ese día me apareció un anuncio entre mis fotos, luego una notificación, luego un “¿te acuerdas de esto?” de hace cinco años. Y me dio coraje, porque el duelo no debería mezclarse con un empujoncito de consumo.
Ahí me salió una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el lugar donde guardas a tus muertos también es un centro comercial? No lo digo como conspiración, sino como realidad práctica. La misma app que te ayuda a hacer un video bonito te pide que “compartas”, te pone filtros, te sugiere música, te mide la atención. Y uno, sin darse cuenta, empieza a pensar el recuerdo en formato: que si dura 15 segundos, que si cabe en pantalla, que si se entiende sin contexto.
Se me hace que ahí hay algo triste y algo poderoso al mismo tiempo. Triste porque el recuerdo se vuelve “contenido”. Poderoso porque, aun así, puedes torcerle un poquito la mano al sistema y usarlo para algo íntimo. Como cuando haces arte con basura: no porque la basura sea romántica, sino porque es lo que hay.
Lo que me dejó
Al final no publiqué el altar. Lo guardé como si fuera un cajón. Y, curiosamente, al día siguiente pude estar en la sala con mi mamá sin sentir que estaba actuando. Porque ya había hecho mi parte: no el ritual tradicional, sino el mío.
No sé si esto le sirve a alguien más. Tal vez para otra persona sea una tontería, o un reemplazo pobre. Pero para mí fue una pista: el arte digital no siempre es futurista ni espectacular. A veces es una forma de sostener algo frágil con herramientas que no fueron hechas para eso.
Y ahí va mi duda final, por si alguien quiere pensarla: si el altar es para que los que se fueron “vuelvan” un rato… ¿qué pasa cuando el regreso depende de batería, memoria y una contraseña?