Yo no crecí diciendo “el trabajo es mi religión”, pero si soy honesto, muchas veces lo vivo así. No porque crea que trabajar sea malo, sino porque le doy un poder que no se gana: lo vuelvo juez, salvador y medida de mi valor. Si trabajé duro, me siento “bien”. Si aflojé, me cae culpa, como si hubiera cometido un pecado.
Y lo más fregado es que esa religión no se predica con Biblia, se predica con frases: “aprovechá el tiempo”, “nadie te va a regalar nada”, “hay que sudarla”. En El Salvador eso suena a realidad, no a ideología. Y por lo mismo, uno ni se da cuenta cuando empieza a arrodillarse.
El altar es mi agenda. Mi ofrenda son las horas. Y yo, muchas veces, he dejado cosas ahí sin preguntarme:
Sacrifico el cuerpo.
No de golpe, sino con microtraiciones: dormir menos, comer rápido, ignorar el dolor de espalda, normalizar el cansancio. Como si mi cuerpo fuera una herramienta que se puede exprimir y ya.
Sacrifico la gente.
No porque no la quiera, sino porque la pospongo. “Después llamo”, “después voy”, “cuando tenga tiempo”. Y un día me doy cuenta de que el tiempo no llega, y la distancia sí.
Sacrifico el silencio.
Porque estar ocupado me evita sentir. Si paro, me alcanzo. Si me alcanzo, me pregunto cosas incómodas. Entonces sigo trabajando, no solo por dinero: por anestesia.
Sacrifico el juego.
El juego se ve infantil, improductivo. Pero sin juego me pongo duro, amargo, mecánico. Me vuelvo eficiente… y triste.
Lo divergente es esto: a veces no trabajo duro por necesidad, sino por identidad. Me da miedo no ser “alguien” si no estoy produciendo. Y ahí entiendo la trampa: el trabajo, que debería ser herramienta, se vuelve Dios. Y un Dios así nunca se satisface.
Hoy estoy aprendiendo a bajarlo del altar. No a dejar de trabajar, sino a dejar de rendirle culto. A recordar que mi vida no es un currículum, y que descansar no es pecado: es una forma de seguir siendo humano.
