Yo antes pensaba que la mitología era una cosa vieja. Una cosa de estatuas rotas, de libros pesados, de nombres difíciles de pronunciar y de tipos en sandalias discutiendo el destino del mundo. Me parecía linda, sí, pero lejana. Como esos muebles antiguos que uno mira en una casa ajena y dice “qué hermosos”, sabiendo perfectamente que no se los llevaría al living.
Pero después me empezó a pasar algo raro.
Empecé a notar que en mi vida había personajes que no existían y, sin embargo, mandaban muchísimo. No eran dioses con rayos ni monstruos marinos. Eran figuras más domésticas, más discretas, más bien ridículas si una las dice en voz alta. El “crack”. La “persona que resuelve”. La “buena vibra”. El “que no depende de nadie”. El “que siempre puede solo”. El “que transforma todo dolor en aprendizaje”. Y ahí me cayó una ficha medio incómoda: nosotros no dejamos de fabricar mitos. Lo único que hicimos fue bajarles el presupuesto y meterlos adentro de la vida común.
A mí esto me pegó fuerte cuando me di cuenta de que yo no estaba intentando ser una persona. Estaba intentando parecerme a un personaje.
No sé en qué momento me compré la idea de que una vida valiosa tenía que tener cierto brillo narrativo. Como si hasta para sufrir hubiera que tener estilo. Como si no alcanzara con estar triste: además había que convertir esa tristeza en profundidad. Como si no alcanzara con trabajar: además había que hacerlo con una épica de superación. Como si no alcanzara con amar a alguien: además había que vivirlo de una manera intensa, inolvidable, casi cinematográfica.
Y eso, visto desde afuera, parece una pavada. Pero desde adentro cansa un montón.
Porque cuando una vive queriendo parecerse a un mito moderno, nunca descansa del todo. Siempre hay una versión más interesante de una misma esperando en otra parte. Una más libre, más segura, más magnética, más deseada, más lúcida, más valiente. Entonces la vida real, que suele venir despeinada, contradictoria y sin música de fondo, empieza a parecer poca cosa.
Yo creo que una de las mitologías modernas más silenciosas es esa: la idea de que una identidad tiene que ser admirable para ser legítima.
Y yo, durante años, compré eso sin discutirlo.
Me gustaba pensar que tenía “mi esencia”, “mi forma de ser”, “mi verdad”. Suena hermoso. Suena incluso noble. Pero con el tiempo empecé a sospechar que muchas veces eso de la esencia no era libertad, sino una cárcel decorada. Porque una vez que te contás quién sos, después te convertís en empleado de ese cuento. Tenés que sostenerlo. Tenés que actuarlo. Tenés que defenderlo aunque ya te quede incómodo.
A mí me pasó con la imagen de mujer fuerte.
Durante mucho tiempo quise ser esa mujer que no se quiebra, que entiende todo, que toma distancia, que no mendiga amor, que no arma escenas, que no se humilla, que no persigue, que no se desordena. Una mujer entera, firme, un poco filosa. El problema no era la fuerza. El problema era el personaje. Porque un día me di cuenta de que ya no sabía si estaba siendo fuerte o si simplemente me había vuelto incapaz de pedir ternura sin sentir vergüenza.
Y ahí entendí algo que no me gustó nada: muchos mitos modernos no nos hacen sentir grandiosos; nos hacen sentir defectuosos por ser humanos.
No hablo solo de redes sociales, aunque ahí se nota muchísimo. Hablo también de las conversaciones cotidianas, de los consejos que se repiten, de las frases que circulan como si fueran sabiduría y a veces son apenas consignas con buen marketing. “Soltá”. “Elegite”. “No necesitás a nadie”. “Todo pasa por algo”. “Si duele, enseña”. Yo no digo que esas frases sean siempre falsas. Digo que, usadas como estampitas, terminan funcionando como pequeños dioses portátiles. Uno las lleva encima y las consulta para no tener que pensar demasiado.
Lo divergente, para mí, no es decir que están mal. Lo divergente es animarse a sospechar que a veces esas frases no nos alivian: nos uniforman.
Porque una cosa es encontrar sentido y otra muy distinta es recibirlo ya masticado.
Yo empecé a desconfiar de los relatos demasiado prolijos cuando vi que casi todos dejan afuera lo más verdadero de una vida: las zonas en las que una no aprende nada, no capitaliza nada, no evoluciona nada. Esas temporadas medio opacas donde una solamente atraviesa. Donde no hay mensaje, ni cierre, ni moraleja. Hay días que no te convierten en mejor persona. Hay días que apenas te pasan por encima. Y decir eso no me parece pesimista. Me parece bastante más honesto que obligarle una enseñanza a todo.
Capaz el problema de nuestra mitología moderna es que no tolera lo intrascendente.
Todo tiene que significar algo. Todo tiene que construir personaje. La ruptura, el viaje, el fracaso, la mudanza, la renuncia, el cansancio, el silencio. Todo tiene que ser “parte de tu historia”. Y sí, obvio que lo es. Pero a veces me dan ganas de rebelarme contra esa necesidad de volver memorable hasta lo que fue simplemente confuso.
Hay algo muy tirano en vivir narrándose.
Yo lo noto cuando me pasa algo doloroso y una parte de mi cabeza, en vez de sentirlo, ya está buscando cómo contarlo. Qué lectura hacer. Qué versión de mí deja mejor parada este episodio. Y eso me da una tristeza rara, porque significa que hasta mi intimidad fue colonizada por la lógica del relato. Ya no solo vivo: también me edito.
Por eso últimamente me atrae más la gente que no parece un mito.
La gente que duda sin convertir la duda en identidad prestigiosa. La gente que no tiene una marca personal de sí misma. La gente que cambia de idea sin anunciarlo como renacimiento. La gente que ama sin hablar como libro subrayado. La gente que no hace de cada herida una tesis. Esa gente me da descanso. Me devuelve la sensación de que existir no tiene por qué ser una obra perfectamente argumentada.
Capaz suena raro decir esto en un mundo que celebra tanto la autenticidad, pero yo creo que la autenticidad también se volvió una leyenda medio tramposa. Se la nombra como si fuera un tesoro puro que llevamos adentro, esperando ser descubierto. Y yo cada vez creo menos en eso. Yo no siento que adentro mío haya una verdad intacta. Siento más bien un montón de voces mezcladas: deseos propios, miedos heredados, frases ajenas, caprichos, intuiciones, defensas, recuerdos. No soy un templo. Soy una negociación.
Y, contra todo pronóstico, eso me tranquiliza.
Porque si no tengo una esencia sagrada que custodiar, entonces puedo cambiar sin sentir que me traiciono. Puedo ser incoherente algunos días. Puedo no cerrar bien. Puedo no convertirme en ejemplo de nada. Puedo bajarme del pedestal al que yo sola me había subido.
Para mí, la mitología moderna no está solo en los superhéroes, las sagas o las pantallas. Está también en esas pequeñas figuras ideales que nos metemos en la cabeza y después obedecemos como si fueran destino. El independiente. La resiliente. El exitoso. La sanada. El inolvidable. La correcta. Y quizás la rebeldía más rara, más poco vendible, sea dejar de querer parecer un personaje admirable.
Capaz madurar no es encontrar el gran relato de una vida.
Capaz madurar es soportar que, por momentos, nuestra vida no parezca una leyenda.
Y aun así quererla.
