No siempre me veo igual, aunque sea la misma cara.
Eso es lo raro.
Hay días en que me miro al espejo y me reconozco al tiro, sin conflicto. Ahí estoy yo. No perfecta, no terrible. Solamente yo. Pero después aparece una foto, una videollamada, un reflejo en una vitrina, la cámara frontal del celular en un mal segundo, y listo: pareciera que estoy viendo a otra persona. Una versión mía que me cae peor. Más dura. Más extraña. Más cansada.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era mi cara.
Ahora creo que también era el sistema de espejos en el que empecé a vivir.
Porque no es lo mismo verse una vez al día que verse veinte. No es lo mismo habitar el cuerpo que supervisarlo. No es lo mismo existir que estar pendiente de cómo se registra tu existencia cuando se congela en una imagen.
Yo me acostumbré demasiado a observarme.
Y observarse demasiado deforma.
Te volvís detective de fallas. Le agarrás mala voluntad a tus rasgos. Empezás a notar asimetrías como si fueran tragedias. Un ojo más cerrado, una mueca rara al hablar, una postura poco elegante. Cosas mínimas. Cosas humanas. Pero miradas con suficiente insistencia, esas cosas se convierten en pruebas.
Pruebas de qué, no sé.
De que no estás bien.
De que envejecés mal.
De que no das la imagen correcta.
De que tendrías que corregirte un poco más.
Qué cansancio.
A veces pienso que antes no tenía más autoestima; tenía menos vigilancia. Y eso hacía una diferencia enorme. Mi cara no era un proyecto. Era apenas mi cara. No me pedía explicaciones, ni mejoras, ni una versión 2.0.
La tecnología no inventó la inseguridad, obvio que no. Pero sí le puso horario extendido. Ya no basta con tener un mal día. Ahora además podís revisarlo desde tres ángulos y compartirlo con filtros.
No sé si me estoy viendo peor o si me estoy viendo demasiado.
Capaz las dos cosas se alimentan.
