No sé en qué momento la palabra “seguridad” empezó a sonar como un pitido. Antes era otra cosa: era cerrar la puerta, echar el cerrojo, sentir el clic y ya. Listo. Descansar. Ahora, a veces, la seguridad se me aparece con lucecitas, con alertas, con un “se detectó movimiento” a las tres de la mañana, como si mi casa fuera una aplicación y yo fuera el guardia de turno.
Y lo digo así, al aire, porque me da pena admitirlo: hay noches en las que me siento más intranquilo por la alarma… que por lo que la alarma se supone que evita.
Empieza pequeño. Un sonido leve. Una vibración. El teléfono que parpadea. Y en mi cabeza se prende un modo “al tiro”, automático, sin preguntarme si de verdad hace falta. Me incorporo, contengo la respiración, escucho. Me imagino mil cosas en dos segundos. Y luego resulta que fue el gato del vecino, o una sombra, o el árbol que se movió con el viento, o yo mismo que dejé una ventana mal cerrada y el sensor se puso dramático. Chale.
Lo más raro es que esa misma tecnología que “me cuida” también me entrena para desconfiar. Como si cada alerta fuera una clase de sospecha. Y yo, que a veces ya traigo la mente bien encendida por dentro, termino viviendo con una parte de mí siempre de guardia, aunque todo esté bien. Aunque no pase nada. Aunque la vida, por fin, esté en calma. La neta: ¿de qué sirve una casa segura si por dentro yo sigo en emergencia?
A veces me dan ganas de apagar todo y ya. Pero luego me entra otro miedo: el miedo a quedarme “sin ojos”. Y ahí me doy cuenta de la trampa: no es solo la tecnología, soy yo negociando con mi necesidad de control. Porque hay días en que controlar se siente como respirar. Y hay días en que controlar se siente como ahogarse.
Hoy me quedé un rato viendo el foquito del router, como si fuera una luciérnaga domesticada. Me dio ternura y coraje a la vez. Ternura porque, mira qué loco, confiamos la paz a una lucecita. Coraje porque yo no quiero que mi paz dependa de eso. No quiero que mi descanso esté atado a si una app decide que “todo está normal”.
Entonces hice algo bien simple, casi ridículo: antes de dormir, dejé el celular boca abajo. No lo apagué. No hice un discurso. Solo lo volteé, como quien le baja el volumen al mundo. Y me dije, suavecito: “Si pasa algo, me entero. Pero ahorita necesito vivir aquí, en este cuarto, en este silencio.”
Y se sintió como abrir una ventana por dentro.
No sé si esto le sirva a alguien más, pero lo dejo aquí como se dejan las cosas que pesan: sin destinatario, sin postura de experto, sin ganas de convencer. Solo con ganas de soltar. Porque mi casa puede tener sensores, cámaras, lo que sea… pero mi paz no debería ser una notificación. Mi paz debería ser una presencia. Un “ya estuvo”. Un “estoy aquí”. Un “por fin”.
