Hay noches en las que me acuesto y siento que estoy intentando dormirle a un animal que no habla mi idioma. Yo le digo: “ya, bájale, es hora”, y mi cabeza contesta con luces prendidas por dentro, como si alguien hubiera dejado una fiesta chiquita pero necia en la sala. Y lo más raro es que no siempre pasa por ansiedad “de la vida” o por el celular o por el ruido del vecino. A veces, la neta, es el reloj.
Trabajo por turnos. Unos días me toca temprano, otros tarde, otros de noche. Y mi cuerpo, que según yo era una cosa dócil, resultó ser un calendario con orgullo. No le gusta que lo muevan. Se descompone sin hacer drama afuera, pero por dentro se pone bien terco: me da hambre a las tres de la mañana, me suelta sueño cuando no debo, y cuando por fin puedo dormir, me despierta como si fuera lunes aunque sea sábado.
He pensado que dormir, para mí, no es un botón: es un ritual. Y cuando me brincan el ritual, me quedo como con el alma a medias, como si no hubiera cerrado bien la puerta. Por eso empecé a armarme una especie de “casa portátil” para el sueño, aunque duerma de día o de noche. No perfecta, no de revista: una casa humilde, pero mía.
Lo primero fue la oscuridad. Descubrí que la luz es un chisme: se mete y le cuenta a mi cerebro que ya es hora de estar despierto. Entonces hice pacto con cortinas, antifaz, y esa manía de tapar cualquier puntito LED como si fueran luciérnagas mal educadas. También bajé el volumen del mundo antes de acostarme. No siempre puedo meditar ni poner música zen; a veces solo me siento un rato, sin pantalla, viendo mi propia respiración como quien ve llover desde la ventana. Me sirve porque mi mente se acelera fácil, y si no le doy una transición, se avienta directo al insomnio.
Otra cosa: cuidé la entrada al cuarto. Como si fuera un templo chiquito. No por místico de manual, sino porque si el cuarto se siente “de chamba”, mi cabeza se pone en modo pendientes. Así que intento no llevarme ahí conversaciones pesadas, ni correos, ni la lista mental de “debería”. Si se cuela, lo saco con una frase sencilla: ahorita no. Y lo repito. A veces me lo creo, a veces no, pero al menos le pongo un límite.
Con los turnos, también aprendí a no pelearme con el sueño “ideal”. Hay días en los que dormir ocho horas seguidas es fantasía. Entonces me permito dormir por bloques, como si estuviera juntando monedas: una siesta aquí, otra allá. Y cuando por fin me sale una noche completa, lo agradezco como quien encuentra una banca a la sombra después de caminar mucho.
Lo que más me ha servido, curiosamente, es dejar de insultarme por no dormir “normal”. Mi sueño no es flojera ni defecto moral. Es un sistema sensible, una brújula que se marea cuando le cambian el norte. Y yo, en vez de seguir jaloneándolo, estoy intentando acompañarlo.
A veces, cuando apago todo, siento que mi cama es una especie de frontera. De este lado está el mundo con su ruido y su prisa. Del otro, un silencio que no siempre llega… pero cuando llega, me reconcilia conmigo. Y en esa reconciliación, aunque sea breve, vuelvo a pertenecerme.
