Hay una manera muy sencilla de mentirse: decir “estoy bien” y seguir caminando. No hace falta armar un drama, ni llorar en público, ni escribir un manifiesto. Con que uno siga funcionando, ya está. Y yo funcioné años. Funcioné con ojeras, con la mandíbula apretada, con el estómago como nudo marinero y con ese cansancio que no se arregla con dormir.
Lo más loco es que mi cuerpo me venía hablando. No en poesía, no en metáforas bonitas. Me hablaba con señales bien concretas, casi maleducadas. Y yo… yo lo dejaba en visto.
Yo creía que el cuerpo era un vehículo. Algo que llevás para llegar. Como un auto: lo llenás de nafta, lo llevás al taller cuando se rompe y listo. Pero con el tiempo entendí que el cuerpo no es un auto. Es más parecido a una brújula. Te marca el norte, te advierte cuando te estás yendo al pasto, te tiembla la aguja si te estás traicionando.
Y yo me traicionaba seguido.
La primera señal era chiquita: una tensión en el cuello que no se iba nunca. Yo la justificaba con cualquier cosa: “mala postura”, “la almohada”, “la compu”. Cambié silla, cambié almohada, cambié el monitor… pero no cambié lo que más me apretaba: la forma en que me exigía estar siempre disponible. Siempre resolviendo. Siempre respondiendo. Siempre con la cabeza prendida como si fuera una oficina 24/7.
Después vino el sueño raro. Dormía, sí, pero despertaba como si hubiera peleado toda la noche. Me levantaba ya cansado, como si el día me estuviera esperando con los guantes puestos. Y yo, en vez de escucharlo, lo convertía en orgullo: “qué vida intensa”, “qué nivel de productividad”. Qué manera elegante de decir “estoy al límite”.
También estaba el estómago. A mí el estrés se me instala ahí, sin pedir permiso. Se me cierra el apetito o me agarra esa hambre ansiosa, sin gusto, como si estuviera comiendo para tapar un agujero que no es de comida. Y yo, campeón, lo llamaba “gastritis”, “algo me cayó mal”, “capaz es el café”. Sí, seguro: el café. No el miedo. No la bronca tragada. No el “me la banco” como religión.
Y una señal que me da vergüenza admitir: la respiración. Respiraba cortito. Como si me diera culpa ocupar aire. Como si estuviera siempre apurado por terminar de existir. Me daba cuenta recién cuando alguien me decía “pará, respirás como si estuvieras corriendo”. Y yo no estaba corriendo… pero por adentro sí. Corriendo para llegar a un lugar que ni sabía cuál era.
Lo divergente, lo que no encaja en los consejos de postal, es que el cuerpo no siempre te pide “descanso”. A veces te pide otra cosa: te pide que dejes de actuar un papel.
Porque yo no estaba cansado por trabajar. Estaba cansado por sostener un personaje: el que puede con todo, el que no necesita nada, el que no molesta, el que siempre está bien. Ese personaje gasta una energía tremenda. Es como vivir con el freno de mano puesto y después preguntarte por qué se te quemó el motor.
Lo más tramposo es que uno se acostumbra. El cuerpo tira una señal, vos la ignorás, y al rato se vuelve el paisaje. Te parece normal vivir con la panza dura, con el pecho apretado, con el cuerpo “ocupado” por una ansiedad que ya ni registrás. Y ahí es cuando la brújula deja de ser brújula y se convierte en ruido de fondo.
Hasta que un día no.
En mi caso, el “no” fue una tarde cualquiera. No me pasó nada dramático. No me desmayé, no terminé en una guardia. Simplemente me quedé quieto y me di cuenta de algo ridículo: estaba respirando como si estuviera pidiendo permiso para existir. Y me dio bronca. Una bronca limpia. De esas que no destruyen: despiertan.
Ahí entendí que mi cuerpo no era mi enemigo. Era el único que venía tratando de salvarme sin discursos.
Desde entonces intento un ejercicio medio tonto pero efectivo: cuando algo me incomoda, antes de explicármelo, lo siento. ¿Dónde se me instala? ¿En la garganta? ¿En la espalda? ¿En el estómago? ¿Me da frío? ¿Me acelero? Es como leer un mapa interno. Y a veces ese mapa me dice cosas que mi cabeza no quiere aceptar.
Como: “esto no te hace bien”. O: “no querés ir”. O: “estás diciendo que sí por miedo”. O: “te estás quedando donde no te eligen”.
No es magia, ni espiritualidad barata. Es información. Biología con memoria.
Y ojo: no se trata de vivir pendiente del cuerpo como si fuera un oráculo perfecto. El cuerpo también se equivoca, exagera, confunde señales. Pero aun así, prefiero un cuerpo que se queja a una cabeza que se miente con frases prolijas.
Porque mi cuerpo, cuando lo escucho, no me lleva a ser “mejor persona”. Me lleva a ser más honesto. Y para mí, hoy, esa es la brújula más difícil… y más necesaria.
