Hoy escribo esto como quien deja una candela encendida en la ventana para acordarse de que todavía está aquí. Porque a mí me han vendido la exploración como algo grandote: irse lejos, cruzar agua, llegar a un punto y decir “lo logré”. Pero resulta que mi exploración más brava no ha sido con maleta… ha sido con la boca.
Decir “no”.
Pucha, qué palabra tan chiquita y qué terremoto arma por dentro. A mí me cuesta, no porque no tenga razones, sino porque mi cabeza se va rapidito a imaginar consecuencias. Que si se van a enojar. Que si me van a ver mal. Que si voy a quedar como el que no colabora. Y entonces hago lo que siempre hago: digo que sí, aunque por dentro ya vaya apretado, como camisa prestada.
Yo me he pasado años explorando afuera: rutas nuevas, trabajos nuevos, gente nueva, ideas nuevas… pero sin explorar esta orilla simple: hasta dónde me da. Porque uno puede caminar kilómetros y aun así estar perdido en uno mismo.
La primera vez que dije “no” de verdad fue una tontera: me invitaron a salir un día que yo venía hecho leña. Y mi cuerpo ya estaba avisando: hombros duros, mandíbula tensa, esa sensación de que cualquier ruido me iba a sacar chispas. Yo casi escribo el “sí, de una”, por costumbre. Pero me quedé viendo la pantalla y sentí algo bien claro: si digo que sí, mañana voy a pagar el precio. Y el precio lo pago yo, no la gente.
Entonces puse: “Hoy no puedo, maje. Gracias igual.”
Y me quedé esperando el castigo, como quien espera el trueno.
¿Y sabés qué pasó? Nada. No se cayó el cielo. No se acabó la amistad. No me expulsaron del mundo. Lo que sí pasó fue otra cosa: me entró un silencio raro, bonito. Como si por primera vez yo hubiera elegido mi lado del puente.
Desde ahí lo voy practicando suave, sin ponerme heroico. A veces el “no” sale completo. A veces sale torcido: “ahorita no”, “dejámelo pensar”, “hoy no me da”. Pero cada vez que lo digo, descubro un pedacito de mí que no conocía: el que no necesita justificarse tanto para merecer descanso.
Y lo dejo escrito aquí, al aire, por si a alguien le sirve: explorar no siempre es ir más lejos. A veces es ir más adentro. A veces es poner un límite chiquito y ver, con sorpresa, que del otro lado no había monstruos… solo vida. Y vos, respirando por fin.
