A mí me encanta cuando la tecnología funciona sin hacerse notar. Tipo: pagas y ya, te subes al bus y ya, haces una cola y se mueve. Pero últimamente siento que estamos confundiendo “moderno” con “perfecto”, y ahí es donde todo se pone bien frágil.
La semana pasada fui al mercado a comprar unas cosas para la casa. Lo de siempre: frutas, arroz, un pollo para el domingo. En la entrada había un cartel: “Ahora puedes pagar con tu huella”. Lo decían como quien anuncia el fin de un problema antiguo, como si el efectivo ya fuera una manía de gente desconfiada. Yo me quedé mirando, medio curioso, medio escéptico, porque en Perú la plata se mueve rapidísimo con el celular, sí, pero también pasa que se va la señal y te quedas en el aire.
En la caja, la señora de adelante se acercó al lector y ¡listo!, un pitido y el pago aprobado. Sonrió. La cajera también sonrió. Parecía un truco limpio, sin drama. Yo pensé: “ya, qué bacán, al fin”.
Luego le tocó a un señor que venía con las manos bien gastadas. No sé a qué se dedicará, pero esas manos no eran de oficina. Uñas negras de tierra, dedos con marcas, piel dura. Puso el pulgar. El lector se quedó pensando. “No reconocido”, dijo la pantalla, con esa frialdad de máquina que te hace sentir culpable por existir. El señor volvió a intentar. Nada. La cajera, sin mala intención, le dijo: “ponga otro dedo”. Puso otro. Nada. “Limpie el dedo, por favor”. Se lo limpió en el pantalón. Nada.
Y ahí, en ese momento chiquito, se armó una escena que nadie planeó: la tecnología exponiendo a alguien. No era un problema de plata, era un problema de “no encajas”. Como si el sistema dijera: tu cuerpo no es compatible.
El señor se puso rojo. Hizo una broma para aliviar: “ya pues, mi huella está viejita”. Pero se le notaba la incomodidad. La gente atrás empezaba a mirar. Yo pensé en la cantidad de gente que trabaja con las manos: construcción, mecánica, pesca, limpieza, cocina. Manos que se desgastan por hacer que el mundo funcione. Y ahora resulta que para pagar te piden una huella “bonita”, una huella que parece diseñada para un catálogo.
Al final sacó billetes. Pagó normal. Pero se fue con esa cara de “me hicieron sentir chiquito” que no se te olvida. Y yo me quedé con una rabia rara, porque todo el discurso de “más seguridad” y “más comodidad” se había comido lo más humano: la dignidad.
Después, en mi casa, me puse a pensar: ¿qué estamos comprando cuando compramos “biometría”? Porque no es solo un método de pago. Es una idea de persona. Una idea que supone que todos tenemos el mismo acceso, la misma piel, el mismo tiempo, la misma paciencia. Y eso no es cierto.
Lo peor es que el error no avisa. Con una tarjeta, sabes: “se me venció”, “no tengo fondos”, “se bloqueó”. Con la huella, el mensaje es casi existencial: “no eres tú”. ¿Cómo reclamas eso? ¿A quién? ¿Al técnico? ¿Al algoritmo? ¿A tu dedo?
Y ojo, no estoy diciendo que sea “malo” por definición. Me imagino usos buenos: menos robos, menos clonación de tarjetas, menos lío. Pero me preocupa el cuento de que esto es “el futuro” sin costos. Porque si el precio de la modernidad es que algunos queden humillados en una caja, entonces no es progreso: es una selección silenciosa.
También hay otra cosa: entregar tu cuerpo como contraseña. Suena práctico hasta que recuerdas que una contraseña la cambias; un dedo no. Y ya sé que dicen que se guarda “cifrado”, que no es la huella tal cual, que son “plantillas”. Ok. Pero igual queda la sensación de que tu identidad se vuelve un llavero que no te puedes sacar ni para dormir.
Capaz el punto no es rechazarlo todo, sino ponerle reglas humanas. Que siempre haya alternativa fácil, sin miradas ni sermones. Que el fallo no te haga sentir sospechoso. Que el sistema no te trate como si tu cuerpo fuera un error de formato.
Porque, al final, la tecnología no debería pedirnos que cambiemos de piel para poder pagar un kilo de plátano. Si el futuro es de huella, que sea un futuro que reconozca también las manos cansadas. Las manos que, justamente, sostienen el mundo.
