Hoy me pasó una de esas cosas chiquitas que, sin querer, te dejan el pecho como apretado. Fui a un kiosco en Buenos Aires, de esos donde todo parece simple: entrás, saludás, pagás, te vas. Había un cartel re prolijo que decía algo así como “pagá con tu huella” y otro con “reconocimiento facial”. Como si el cuerpo fuera una billetera más, como si fuera lo más natural del mundo.
Yo lo miré un rato, che, y sentí una mezcla rara: curiosidad y una especie de pudor. No porque esté en contra del futuro ni nada de eso. Al contrario, hay días en que me encantaría que todo fuera más fácil, más directo, menos trámite. Pero también hay algo que me pesa: la idea de que ahora mi mano, mi cara, mi forma de existir, tengan que “pasar” para que me dejen comprar una cosa mínima.
Me quise hacer el canchero y probé. Puse el dedo. Me dijeron que apoye “más firme”. Apoyé. Me dijeron “intente de nuevo”. Volví a intentar. Y nada. Ese pitido seco, esa pantallita que te mira como si fueras un error.
Lo peor no fue el rechazo del sistema, sino el segundo después. Ese instante en el que sentís que la fila te respira en la nuca, que el cajero ya está pensando “otro que no sabe”, y que vos empezás a dudar de vos mismo por una pavada. Ahí se me prendió una idea fea: ¿qué pasa si mi cuerpo no encaja en la tecnología por motivos que no tienen nada que ver conmigo?
Porque mis manos no son “neutras”. Están gastadas. Laburo con cosas que raspan, que manchan, que te dejan la piel distinta. Y no lo digo como drama, lo digo como realidad. Hay huellas que cambian con el tiempo, con el trabajo, con la vida. Y me dio bronca pensar que un sistema pensado para “facilitar” puede terminar empujándote a sentirte menos, como si la vida que llevás te sacara puntos.
Terminé pagando con tarjeta, obvio. Nada grave. Nadie me gritó. Nadie me humilló. Pero me fui con una sensación rara, como de estar pidiendo permiso para ser yo. Como si, de a poquito, nos estuvieran entrenando a mostrar el cuerpo como credencial, y si no funciona… bueno, arreglate.
Después, en el bondi, me quedé mirando mis dedos. Pensé en mi abuela, que cada vez se enreda más con contraseñas y pantallas. Pensé en la gente que vive con el celu viejo, con la pantalla rota, haciendo malabares para que le alcance la plata. Pensé en la vergüenza silenciosa, esa que no se ve, pero te come por dentro.
No sé qué quiero decir con todo esto. Capaz solo quiero dejarlo acá, flotando, como una oración sin iglesia: que la comodidad no nos cueste la dignidad. Que los pagos biométricos no sean otra puerta nueva para que algunos pasen fácil y otros se queden golpeando, con la frente contra el vidrio, haciendo de cuenta que no duele.
