Hay días en que siento que la “identidad cultural” se volvió una etiqueta de mercado. Como si fuera una calcomanía que te pegan en la frente: andino, mestizo, originario, moderno, tradicional. Y listo, ya te explicaron. Pero yo camino por mi vida y no me siento así, tan resumible. Mi identidad no es una vitrina para que otros miren y digan “qué lindo”, “qué exótico”, “qué auténtico”. Mi identidad se parece más a un fogón: a ratos prende fuerte, a ratos solo quedan brasas, a ratos hay que soplarle para que no se apague.
Yo crecí escuchando palabras mezcladas. Una casa donde se dicen refranes de abuela y también se habla de internet. Donde se come lo de siempre y, al mismo tiempo, entra lo nuevo por la puerta sin pedir permiso. Y ahí aprendí que la cultura no es un museo quietito. Es una conversación, a veces cariñosa y a veces peleada, entre lo que heredás y lo que elegís.
Pero últimamente me pasa algo: siento que hay gente que quiere mi cultura como souvenir. La quieren en la música de fondo, en el bordado bonito, en el plato fotogénico, en la danza para el video. La quieren cuando adorna. Cuando vende. Pero cuando la cultura viene con sus dolores, con sus reclamos, con su historia larga de “no nos miraron” o “nos borraron”, ahí ya no les gusta tanto. Ahí dicen “no politicen”, “no exageren”, “ya pasó”. Como si la memoria tuviera fecha de caducidad.
A mí me pesa eso. Porque la identidad cultural es también carga, no solo orgullo. Es alegría, sí, pero también es duelo. Hay cosas que mis abuelos vivieron y que yo no viví, y aun así me atraviesan. No es que yo ande buscando culpables por deporte. Es que el cuerpo guarda historias, aunque la mente no tenga todas las palabras. Y cuando te dicen “eso ya fue”, te están pidiendo que te quedés sin una parte tuya para que el mundo se sienta cómodo.
Y al mismo tiempo, tampoco quiero caer en la trampa de la pureza. Esa idea de que hay una forma correcta de ser, de hablar, de vestirse, de pertenecer. Como si uno tuviera que pasar una prueba para que lo acepten en su propia historia. No, pues. Yo conozco gente que habla con acento cambiado porque migró, gente que ya no domina la lengua de sus abuelos, gente que se crió en ciudad y a veces se siente “ni de aquí ni de allá”. ¿Y qué? ¿Eso los hace menos? Para mí, no. La identidad no es carnet. Es vínculo.
A veces la identidad cultural se me revela en cosas pequeñas. En cómo saludamos. En el respeto con el que se sirve la comida. En las manos que amasan, que lavan, que trabajan. En ese gesto de invitar un plato aunque sea poco. En la manera de mirar el cielo antes de una lluvia. En ciertas canciones que, apenas suenan, te aprietan el pecho y te abren la garganta. Son cosas que no entran fácil en un discurso, pero sostienen.
También la siento en las contradicciones. Porque vivimos mezclados, y no hay vuelta atrás. Yo puedo usar celular y, igual, sentirme parte de una historia antigua. Puedo escuchar música de otros lados y, igual, volver a lo mío cuando necesito piso. Puedo cuestionar tradiciones y, a la vez, cuidarlas. La cultura no se cuida repitiéndola como loro; se cuida conversándola, eligiendo qué se queda y qué cambia sin que eso sea traición.
Lo que me da rabia es cuando desde afuera nos piden que seamos “auténticos”, pero según su definición. Que bailemos de cierta forma, que hablemos de cierta manera, que mostremos lo que a ellos les parece bonito. Y si no, dicen que “ya no somos”. Como si la identidad fuera un traje típico que uno se pone para la foto y se saca después.
Yo quisiera que se entendiera esto: la identidad cultural no es una postal. Es una forma de estar en el mundo. Es una memoria compartida que se defiende, a veces, en silencio: cocinando, contando, enseñando, cantando, cuidando. Es una raíz que no siempre se ve, pero que, cuando hace falta, sostiene el cuerpo para que no se lo lleve el viento.
Escribo esto como carta al aire, sin apuntarle a nadie en particular. Solo para decirme —y decirte, si te sirve— que no tenemos que convertirnos en espectáculo para pertenecer. Que podemos ser mezcla sin ser pérdida. Que podemos cambiar sin borrarnos. Y que, cuando el mundo quiera ponernos en vitrina, siempre podemos volver al fogón: a ese calor humilde que no presume, pero alimenta.
