1. La cédula
En mi cédula dice una cosa. En mi cara, dicen otras. En mi apellido, según quién lo pronuncie, aparece una historia distinta. A veces alguien me mira y cree saber de dónde vengo, qué como, cómo hablo, qué música me mueve, qué tanto campo o ciudad llevo encima.
Y yo pienso: chuta, si ni yo misma logro ordenarme del todo.
Soy ecuatoriana. Eso digo primero, porque es lo más fácil y lo más difícil al mismo tiempo. Fácil porque cabe en una palabra. Difícil porque esa palabra trae demasiadas voces apretadas.
2. La mesa
En mi casa la identidad nunca fue una bandera planchada. Fue una mesa.
Arroz. Ají. Verde. Pan. Café pasado. Sopa. Una tía diciendo “mijita, come”. Un primo mezclando acentos porque vivió fuera. Mi mamá corrigiéndome una palabra. Mi papá contando algo del pueblo como si hablara de otro planeta y, a la vez, de la habitación de al lado.
Ahí entendí, sin entenderlo todavía, que el mestizaje no era una palabra de libro. Era esa forma rara de parecernos y no parecernos. De tener algo compartido, pero nunca exactamente igual.
3. La incomodidad
También voy a decir algo: a veces esa palabra, mestizaje, me incomoda.
No porque sea falsa. Sino porque a veces se usa como mantel bonito para tapar golpes viejos. Como si decir “somos mezcla” resolviera todo. Como si la mezcla hubiera sido siempre abrazo y no también imposición, vergüenza, silencio, gente obligada a esconder partes de sí para encajar.
Entonces me da recelo cuando alguien habla del mestizaje como si fuera una postal turística. “Qué lindo, todos mezcladitos”. No pues. Más respeto. En esa mezcla hay belleza, sí, pero también hay heridas que no se arreglan con una frase amable.
4. El espejo
Yo misma he tenido mis contradicciones.
Hubo una época en que quería sonar más neutra, más “correcta”, menos de aquí. Me daba vergüenza decir ciertas palabras. Me cuidaba de no parecer demasiado serrana, demasiado costeña, demasiado popular, demasiado cualquier cosa. Como si una pudiera volverse más valiosa limándose las esquinas.
Después me cansé.
Me cansé de actuar como si mi manera de hablar necesitara permiso. Me cansé de elegir qué parte de mí mostrar según la sala. Me cansé de sentir que la identidad ecuatoriana era una ropa que había que llevar sin arrugas.
Ahora la siento más como una mochila: tiene cosas útiles, cosas pesadas, cosas heredadas, cosas que yo misma metí sin darme cuenta.
5. Lo que no quiero perder
No quiero una identidad que borre. No quiero decir “somos mestizos” y que desaparezcan los pueblos indígenas, la memoria afroecuatoriana, lo montubio, lo migrante, lo urbano, lo rural, lo que no cabe en el formulario.
Tampoco quiero vivir separándolo todo como si cada parte tuviera que estar encerrada en su cajita.
Quiero poder decir: vengo de una mezcla, pero no de una mezcla simple.
Una mezcla con preguntas.
Con orgullo y con cuidado.
Con cariño y con memoria.
6. Final, por ahora
Capaz ser ecuatoriana sea eso para mí: no terminar de definirme del todo, pero reconocerme en ciertas cosas. En una palabra dicha con confianza. En una comida que me devuelve a casa. En una canción que alguien pone en una fiesta. En una abuela que ya no está, pero sigue hablando en mis gestos.
No necesito una identidad perfecta.
Me basta una identidad honesta.
Una que no niegue la mezcla.
Pero tampoco esconda lo que costó mezclarnos.
