Mi nombre, por ejemplo.
Fue mi nombre el que me hizo darme cuenta de que a veces la cabeza tiene unas formas rarísimas de fallar sin romperse del todo.
Lo estaba escribiendo en un formulario, una cosa completamente normal, de esas que uno hace medio en automático. Nombre, apellido, correo, aceptar, seguir. Pero en un momento frené. Miré mi nombre ahí, quieto, escrito en la pantalla, y me pasó algo difícil de explicar: me pareció ajeno. No incorrecto, no desconocido del todo, pero sí raro. Como si le faltara algo. Como si, de tanto verlo, hubiera dejado de significar lo que significa.
Me quedé mirando unos segundos y pensé: “Ta, esto es ridículo”.
Pero no era tan ridículo.
Después supe que a esa sensación le dicen jamais vu: ese instante en que algo muy familiar se siente extraño, casi como el reverso del déjà vu. A veces pasa con una palabra repetida muchas veces, con un lugar conocido o hasta con algo tan propio como el propio nombre.
A mí me impresionó no por lo raro, sino por lo revelador.
Porque uno vive creyendo que la familiaridad es una cosa sólida. Que si algo estuvo con nosotros durante años, ya quedó fijado para siempre en la cabeza, como un clavo bien puesto. Mi taza. Mi firma. La voz de mi madre. La calle por donde vuelvo. Pero no. Resulta que no siempre. Resulta que, por un momento, lo más sabido también puede aflojarse. Como si el cerebro, de tanto pasar la mano por el mismo borde, dejara de sentirlo igual.
Y eso, lejos de darme miedo, me dio para pensar.
Capaz nos parecemos más a la repetición de lo que creemos. Repetimos trayectos, saludos, frases, maneras de reaccionar. Repetimos hasta nuestros defectos con una disciplina admirable. Y en esa repetición armamos una idea de identidad, como si dijéramos: “esto soy yo, porque esto es lo que reconozco, lo que hago siempre, lo que me sale sin pensar”.
Pero alcanza una grieta mínima para que todo se vuelva un poco extraño.
No sé, a mí me pegó por ahí.
Porque si mi propio nombre puede sonar ajeno por unos segundos, entonces tal vez yo también estoy menos cerrada de lo que imaginaba. Tal vez no soy una cosa tan fija. Tal vez muchas de las certezas con las que camino son apenas costumbre bien aprendida. Y la costumbre, cuando se gasta demasiado, a veces deja ver la costura.
También me hizo pensar otra cosa: qué raro es acostumbrarse a la vida.
Nos acostumbramos a la cara que vemos en el espejo, a la casa, al barrio, al cuerpo, a los vínculos, al cansancio. Nos acostumbramos tanto que casi dejamos de mirar. Y de pronto, por una falla mínima del mecanismo, algo se sale del riel y vuelve a aparecer como si fuera nuevo. No nuevo de lindo ni nuevo de emocionante. Nuevo de raro. De “pará, ¿esto era así?”.
A veces creo que hay una honestidad medio brutal en eso.
Como si la mente dijera: “No te agrandes tanto. No porque algo te resulte familiar significa que lo entendés de verdad”. Podés vivir veinte años con una palabra y, sin embargo, verla tambalear. Podés usar tu nombre toda la vida y, aun así, sentirlo extraño por un instante. Hay algo humilde en aceptar eso. Algo incluso bastante sano.
Desde ese día, cuando me pasa una de esas pequeñas rarezas, ya no trato de corregirme enseguida. No corro a pensar que estoy distraída, cansada o mal. A veces sí, claro. Pero otras veces simplemente lo dejo estar. Me parece hasta interesante. Como cuando una baldosa floja te hace notar una vereda que dabas por obvia.
Mi nombre volvió a ser mi nombre al rato. No hubo drama. No se abrió ningún portal, no descubrí una verdad mística, no cambió mi vida.
Pero me quedó una idea dando vueltas.
Que tal vez no hace falta irse lejos para sentirse extranjero un momento.
A veces alcanza con mirarse demasiado de cerca.
