Ticket de compra: una libreta, dos plumas, una idea
Yo empecé a emprender antes de saber que eso se llamaba emprender. Vendía pulseritas en la secundaria, gelatinas en la prepa, apuntes resumidos cuando alguien me decía “ándale, tú sí le entiendes”. No era visión empresarial. Era más bien una mezcla de necesidad, juego y ganas de que me voltearan a ver de otra forma.
En mi casa siempre se habló mucho de trabajar, pero poco de elegir. Mi papá decía: “consigue algo seguro”. Mi mamá decía: “aunque sea poquito, pero que no falte”. Y yo crecí con esa idea metida en el cuerpo: lo seguro era un lugar al que había que llegar, como si tuviera dirección exacta y una señora en recepción.
Luego descubrí que lo seguro, muchas veces, también se cae.
Mi primer trabajo formal me duró poco. No porque me corrieran ni porque fuera una tragedia. Simplemente un día me vi saliendo de la oficina con un gafete colgando del cuello y sentí que alguien me había puesto nombre ajeno. Yo contestaba correos, hacía llamadas, sonreía cuando tocaba sonreír, pero al final del día no sabía bien qué parte de mí se había quedado ahí adentro.
Y entonces empezó la frase peligrosa:
“¿Y si hago algo mío?”
Al principio, “algo mío” sonaba precioso. Sonaba a libertad, a café servido lento, a elegir horarios, a poner una plantita junto a la computadora y decir: aquí mando yo. Nadie me avisó que “algo mío” también podía significar llorar frente al SAT, perseguir pagos, vender cuando no tienes ganas de vender, contestar mensajes un domingo y sentir culpa si descansas.
Pero aun así seguí.
No porque fuera valiente. Ojalá. Seguí porque me daba más miedo volver a no reconocerme.
Emprender se me fue convirtiendo en identidad de una manera medio tramposa. Primero decía: “tengo un proyecto”. Luego: “trabajo por mi cuenta”. Después: “soy emprendedora”. Y esa última frase empezó a pesar raro. Como si ya no describiera lo que hacía, sino lo que debía ser todo el tiempo.
Una emprendedora debe estar motivada.
Debe hablar de metas.
Debe levantarse temprano.
Debe convertir cada problema en oportunidad.
Debe subir contenido.
Debe aprender finanzas.
Debe tener marca personal.
Debe sonreír en las fotos aunque venga llegando del banco con el alma hecha recibo arrugado.
Yo intenté. La neta, sí intenté. Me compré agendas bonitas. Hice listas con colores. Puse frases de ánimo en la pared. Seguí cuentas de gente que parecía vivir en una junta eterna consigo misma. Y por un rato funcionó. Me sentía parte de una tribu invisible: personas que no querían pedir permiso, personas que preferían inventarse una puerta antes que esperar a que alguien les abriera.
Pero después apareció otra pregunta, más incómoda:
“¿Quién soy cuando no estoy produciendo?”
Esa me dejó callada.
Porque si mi negocio iba bien, yo sentía que valía más. Caminaba distinto, contestaba más segura, hasta me arreglaba con más ganas. Si vendía poco, me achicaba. Una semana mala no era una semana mala: era una prueba contra mi persona. Un cliente que no volvía no era un cliente que no volvió: era una señal de que yo no era suficiente.
Qué cansado convertir cada factura en espejo.
A veces mi mamá me preguntaba: “¿cómo vas?”, y yo no sabía si me estaba preguntando por el negocio o por mí. Entonces respondía con números. “Más o menos”. “Este mes flojo”. “Ya salió un pedido grande”. Como si mi estado de ánimo viniera en corte de caja.
Lo más difícil ha sido separar esas dos cosas sin romperlas. Porque sí, mi emprendimiento habla de mí. Claro que habla. Tiene mis gustos, mis manías, mis desvelos, mi forma de tratar a la gente. Hay algo muy íntimo en hacer algo propio y ponerlo allá afuera, a que le dé el aire, a que otros lo compren, lo ignoren, lo critiquen o lo recomienden.
Pero también necesito recordar que no soy solamente eso.
No soy mi logo.
No soy mis ventas.
No soy el algoritmo.
No soy la temporada alta ni la temporada baja.
No soy la clienta que me dijo “me encanta” ni la que me dejó en visto.
Soy la persona que, entre todo ese ruido, intenta construir una vida que se parezca un poquito más a ella.
Hoy emprender me sigue importando. No voy a fingir que ya trascendí el tema y que todo me resbala. Si no vendo, me preocupo. Si algo sale mal, me duele. Si alguien copia una idea, me arde. Si un plan funciona, me emociono como niña con moneda nueva.
Pero estoy aprendiendo a no usar mi emprendimiento como acta de nacimiento.
Antes decía “soy emprendedora” con una especie de obligación encima, como si tuviera que estar demostrando algo en cada conversación. Ahora prefiero decir: “estoy haciendo crecer un proyecto”. Suena menos brillante, pero me deja respirar. Me permite fallar sin sentir que se me cae la cara. Me permite cambiar de rumbo sin sentir que traiciono una identidad completa.
Quizá emprender es eso: una forma de identidad, sí, pero no una cárcel. Una manera de decir “esto también soy”, no “esto es todo lo que soy”.
Y me gusta pensarlo así, más sencillo, más humano.
Como cuando cierro la compu, apago la luz del escritorio y todavía quedo yo. Sin marca, sin pedido pendiente, sin frase inspiradora. Yo, con sueño, con hambre, con planes, con miedo, con ganas.
Y al día siguiente, si se puede, vuelvo a abrir.
