A mí me da risa —risa mala— cuando alguien dice que “lo digital es para siempre”. ¿Para siempre dónde, socio? Porque yo he visto morir cosas en una memoria USB como quien ve apagarse una vela. Sin drama, sin despedida. Solo: no abre. Y ya.
Te cuento una: hace un tiempo yo hice una pieza chiquita, nada de museo ni visor de realidad virtual ni esas películas. Era un collage animado, con fotos viejas de mi casa (una pared con humedad, la mesa con el mantel de flores, la ventana con la reja), y encima yo le puse capas de sonido: el ventilador, el pregón del pan, una conversación de fondo que grabé sin querer. La idea era simple: mostrar que la casa no es un lugar, sino un ruido que te acompaña.
Lo hice en una aplicación de esas que están de moda un mes y después desaparecen como si nunca hubieran existido. Yo estaba contento. “Esto lo voy a subir, esto lo voy a guardar, esto me quedó fino.” Y como uno aquí aprende a no confiar demasiado en la nube (porque la conexión es un animal con humor propio), lo guardé también en un disco externo, y en una USB, y en un correo. Triple seguridad, tú sabes, como quien guarda la libreta electoral en tres gavetas.
Un día, meses después, se me ocurrió enseñárselo a un amigo. Abro la carpeta, le doy doble clic, y… nada. Un mensajito seco: formato no compatible. Probé en otra máquina. Igual. Busqué la app. Ya no estaba. Busqué un convertidor. Me pedía pagar, y ni así garantizaba. En dos horas pasé de “tengo una obra” a “tengo un archivo que parece una obra pero no lo es”. Porque si nadie puede verlo, ¿qué es lo que tú tienes? ¿Un recuerdo de que lo hiciste?
Ahí me cayó arriba una idea medio amarga: en el arte digital, a veces la obra no se termina cuando tú la exportas, sino cuando el mundo decide seguir sosteniendo el suelo donde la pusiste. Y el suelo digital es resbaloso, asere. Cambia de forma sin avisarte.
Nos dicen: “mira qué lindo, ahora puedes crear sin límites”. Y es verdad, pero te dejan fuera una parte fea: que el límite no está en tu imaginación, está en las tripas del sistema. En una versión nueva. En una licencia que caducó. En un servidor que cerró. En un algoritmo que ahora “optimiza” y te rompe lo que antes funcionaba.
A mí me pasa con fotos también. Hay imágenes que yo juraba que estaban “guardadas” y un día aparecen con cuadritos grises, como si tu vida tuviera píxeles muertos. Y tú lo aceptas con una tranquilidad que da miedo: “bueno, se perdió”. O sea, imagínate decir eso de un cuadro. “Bueno, se deshizo el óleo, qué le vamos a hacer.” Pero aquí sí lo decimos.
Y no es solo por tecnología. Es por cultura. Porque lo digital nos volvió flojos con lo material. Antes tú guardabas cartas. Ahora guardas chats. Antes imprimías fotos. Ahora dices “después”. Y después es nunca. Yo no estoy haciendo un sermón, ojo, yo soy el primero que vive así. Pero a veces siento que estamos fabricando recuerdos de usar y botar.
Lo más duro es que el arte digital, que se supone que es libertad, puede ser también dependencia. Dependencia de plataformas que te prestan un escenario y mañana te lo quitan. Dependencia de formatos propietarios que te trancan. Dependencia de “actualizaciones” que no actualizan tu vida, solo tu obligación.
Y ahí me entró una contradicción bonita: precisamente porque se muere fácil, el arte digital me parece más humano de lo que muchos creen. Porque se parece a nosotros: existe un rato, cambia, se deteriora, y si nadie lo cuida, se va. La diferencia es que en lo humano tú por lo menos tienes duelo. En lo digital, ni eso: se te muere la obra y lo que te queda es un error en pantalla.
Entonces empecé a hacer algo medio artesanal: guardar capturas, exportar en formatos más comunes, escribir un texto aparte que explique la pieza, como si yo estuviera armando un “manual de resurrección” por si mañana nadie puede abrir nada. No porque yo sea importante, sino porque me da rabia perder lo que un día me dijo algo verdadero.
No sé si esto es una tesis grande. Capaz es solo una queja con café. Pero si algo aprendí es esto: crear digital no es solo crear. Es también pelear por que lo creado siga existiendo cuando ya no estás mirando. Y esa pelea, compay, nadie te la cuenta cuando te venden la magia.
