A mí me gusta hablar de corrupción como si fuera una película ajena: maletines, contratos, señores con corbata, “los de arriba”. Pero si me pongo seria conmigo, la corrupción que más me debería preocupar es otra: la chiquita, la doméstica, la que hago yo cuando nadie me está mirando y me conviene torcer un poquito la realidad.
No hablo de crímenes. Hablo de esas trampas blandas que normalizo porque “no es para tanto”. Como cuando me cuelo en una fila con una excusa elegante. O cuando exagero una historia para quedar mejor parada: no invento, pero edito. Le subo el brillo a mi versión de los hechos y le bajo el volumen a mi responsabilidad. Y después me digo: “bueno, todo el mundo lo hace”. Esa frase, para mí, es el himno nacional de la corrupción cotidiana.
También está la corrupción del tiempo. Digo que voy a llegar a tal hora sabiendo que no. Digo “ahorita te respondo” como si fuera una promesa real, cuando en verdad es un sedante social. No quiero quedar mal, entonces compro paz con mentira pequeña. Y lo peor es que funciona: el otro se calma, yo gano margen… y mi palabra se va desgastando como una moneda de tanto uso.
Hay otra que me da vergüenza admitir: la corrupción de la empatía. A veces me importa alguien mientras me conviene. Soy cálida cuando tengo energía, y fría cuando estoy distraída. No por maldad, sino por comodidad. Y ahí se me enciende una alarma: cuando mi bondad depende del humor, no es bondad; es un lujo.
Lo duro de mirarlo así es que ya no puedo apuntar afuera con tanta tranquilidad. Porque si yo justifico mis trampitas, ¿con qué cara exijo integridad total en los demás? Capaz el cambio no empieza denunciando a “los corruptos”, sino entrenando algo más humilde: sostener mi palabra, hacerme cargo de mis errores sin maquillaje, y dejar de usar la frase “no pasa nada” como permiso para pasarme.
Mi corrupción es pequeña, sí. Pero es mía. Y por eso mismo, es la única que puedo empezar a desarmar hoy.
