A veces me da risa (y un poco de susto) pensar que yo no vivo “en la realidad”, sino en una versión editada, subtitulada y con cortes comerciales. No porque esté loca ni porque el mundo sea una mentira, sino porque mi cabeza… bueno, mi cabeza es como una productora: decide qué entra en pantalla, qué queda en el piso de edición y qué se cambia por una toma más bonita.
Lo raro es que yo me demoré años en notarlo. Uno se cree testigo neutral: “yo vi”, “yo escuché”, “yo sentí”. Como si esos verbos fueran cámaras de seguridad. Pero un día me pillé haciendo algo bien ordinario: caminaba por la calle y juraba que el auto que venía era rojo. Rojo furioso, clarito. Y cuando pasó al lado, era burdeo oscuro. ¿Qué pasó? Nada dramático. Mi cerebro, en su eficiencia, había decidido “rojo” y listo. Como cuando uno mete todo a una bolsa: tomate, manzana, pimentón… rojo.
Ahí me cayó la teja: mi percepción no es un espejo, es una aduana. Y cobra peaje. Te deja pasar algunas cosas porque le conviene, porque le calzan, porque no le complican la vida. Y te retiene otras porque “no hay tiempo”, “no hay cupo”, “no es prioridad”.
Desde entonces empecé a tratar mi percepción como a una persona con agenda propia. Y, honestamente, es una persona bien interesada.
Por ejemplo: mi percepción ama tener razón. No en el sentido moral, sino en el sentido práctico. Le carga corregirse. Si ya decidió que alguien “me cae pesado”, todo lo que esa persona haga se va a leer con ese filtro, aunque no haya hecho nada realmente malo. Una frase neutra se vuelve ironía. Un silencio se vuelve desprecio. Un “hola” se vuelve “hola, qué lata”. Y lo peor: yo siento que lo estoy viendo tal cual es. Como si el filtro fuera transparente.
Y aquí viene la parte que quizás suena medio insolente, pero me ha servido: empecé a pensar que mi percepción no está hecha para la verdad, está hecha para la supervivencia social. Para moverme rápido. Para no quedarme pegada. Para predecir. Para no morir de duda. La verdad completa es lenta, pesada, cara. Mi cerebro es más como… un contador apurado. Necesita cerrar el balance antes de fin de mes.
Entonces hice un experimento: en vez de pelear con mi percepción, la empecé a observar como quien observa una costumbre. Cada vez que sentía una certeza instantánea (“esto es así”), me preguntaba: ¿qué está comprando mi mente con esta certeza? Porque toda certeza rápida tiene un beneficio: calma, control, superioridad, pertenencia, ahorro de energía. Y también tiene un costo: error, prejuicio, pérdida de matices, injusticia chica, decisiones torcidas.
Lo divergente, para mí, fue aceptar algo que suena feo: a veces yo prefiero estar equivocada con tal de estar tranquila. No por maldad. Por cansancio. Por necesidad de piso firme. La percepción te ofrece ese piso. Te dice: “dale, pisa aquí, confía”. Y uno pisa.
Pero hay otra cosa que descubrí, y esta sí que me incomodó: mi percepción también es una especie de marketing personal. Me vende una imagen de mí misma. Me maquilla. Me pone música de fondo. Me edita las escenas donde quedo mal. Me muestra mis intenciones como si fueran hechos: “yo lo hice por algo bueno”, “yo no quise herir”, “yo soy así”. Y ojo: puede ser verdad, pero también puede ser propaganda.
Hay días en que siento que vivo con una vocera dentro: una que explica mis acciones y las hace sonar razonables. Y esa vocera usa la percepción como herramienta: resalta lo que me conviene notar y apaga lo que me incomoda. Como si mi propia vida fuera un comunicado de prensa.
Y aquí va mi idea más impopular (pero la digo con cuidado): yo no siempre quiero “ver mejor”.
Hay una moda de “despertar”, de “ver la realidad”, de “quitarse la venda”. Y sí, bacán, a veces hay que hacerlo. Pero también pienso que hay momentos en que mejorar la percepción se vuelve una obsesión medio tiránica. Como si todo fuera diagnóstico. Como si cada gesto escondiera una intención. Como si cada palabra tuviera una agenda. Eso no es claridad: es paranoia elegante.
Yo, en cambio, estoy practicando otra habilidad: elegir qué nitidez me hace bien.
Suena irresponsable, lo sé. Pero no hablo de negar hechos importantes ni de inventar fantasías peligrosas. Hablo de algo más cotidiano: de no querer analizarlo todo. De dejar que ciertas cosas pasen sin examen. De aceptar que mi percepción tiene un presupuesto limitado y que, si lo gasto entero en detalles, no me queda nada para vivir.
Así que me puse reglas simples, como de higiene mental:
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Si algo me ofende al tiro, espero un poco. Mi percepción es mala consejera cuando se siente atacada.
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Si creo que “ya entendí” a una persona en cinco minutos, desconfío. A mi cabeza le encantan los personajes planos.
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Si estoy cansada, no tomo decisiones grandes. La percepción cansada es barata: compra conclusiones en oferta.
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Si una explicación me deja demasiado cómoda, la reviso. A veces la comodidad es el premio de un autoengaño.
Lo más loco es que, cuando hago eso, no me vuelvo más insegura. Me vuelvo más humana. Como si soltara la necesidad de estar viendo “correcto” todo el rato. Como si aceptara que mirar también es un acto, no solo una recepción.
Y ahí aparece una pregunta que me acompaña últimamente, medio como mantra: ¿qué realidad estoy fabricando con lo que elijo notar? Porque notar no es inocente. Notar es construir mundo. No solo “interpretar”: construir.
Al final, mi percepción no es enemiga ni santa. Es una socia. Una socia eficiente, ansiosa, creativa, tramposa a veces. Y yo no puedo despedirla. Pero sí puedo sentarme a negociar.
Quizás de eso se trata para mí la psicología de la percepción: no de ver “la verdad”, sino de entender qué trato estoy firmando cada vez que digo “yo vi”. Y, cuando haga falta, atreverme a decir: capaz que no vi tanto como creí… y aun así puedo aprender algo de ese error.
