No sé en qué momento empezó, pero ya me parece normal hacer una cosa que antes me habría dado hasta pena confesar: busco alivio emocional en aparatos.
No siempre en personas. En aparatos.
En la música exacta que me entiende sin hacer preguntas. En el video que me distrae justo cuando no quiero pensar. En la app que me recuerda respirar. En la pantalla que se ilumina cuando me siento solo. En la voz sintética que me responde con una paciencia que a veces ni yo me tengo.
Y no lo digo como denuncia simplona. Lo digo con honestidad. Hay noches en que un dispositivo me ha acompañado mejor que un humano disponible. No porque sea más sabio, sino porque está ahí, porque no se cansa, porque no me exige orden emocional previo para acercarme.
Eso tiene algo útil.
Y algo tristísimo también.
La tecnología afectiva no es solo usar aparatos. Es empezar a relacionarse con ellos como si fueran reguladores del alma. Ya no sirven nada más para comunicar, entretener o resolver. También calman, contienen, adormecen, acompañan, anestesian, organizan estados internos. Son una especie de mobiliario sentimental.
Yo me apoyo mucho en eso, a veces más de la cuenta.
Hay momentos en que prefiero una lista automática de canciones antes que llamar a alguien. No porque no tenga a quién llamar, sino porque una persona real me devuelve complejidad. Puede no contestar. Puede preguntarme demasiado. Puede estar peor que yo. La tecnología, en cambio, me ofrece un alivio más controlable. Más limpio. Más obediente.
Y ahí está la seducción.
Una compañía que no discute.
Una presencia que no exige reciprocidad.
Un refugio disponible.
Pero también hay un precio. Cuando el consuelo se vuelve demasiado programable, una parte del vínculo humano empieza a parecer tosca. Más lenta. Más impredecible. Más incómoda. Y entonces uno corre el riesgo de entrenarse para querer solo afectos que respondan como interfaz: rápido, claro, sin contradicción, sin opacidad.
Eso no existe.
O peor: si existe, quizá ya no es del todo amor.
