La cinta de embalaje tiene un sonido que ya me sé de memoria. A mí me pasa algo raro: escucho ese sonido y no pienso “mudanza”, pienso “otra vez”.
Hay gente que arma su casa como quien arma una historia. Elige una mesa y la mesa se queda. Cuelga un cuadro y el cuadro se queda. Se compra una planta y la planta, con suerte, crece viendo la misma ventana.
Yo no. Yo vivo en arriendo desde hace tanto que ya me acostumbré a no encariñarme con las paredes. Suena exagerado, pero es real. No es solo que no puedas pintar o clavar. Es que tu cuerpo aprende a no expandirse.
Aprende a vivir en modo visita.
Cuando alguien me pregunta dónde vivo, a veces dudo una fracción de segundo. No porque no sepa la dirección, sino porque siento que es una dirección “prestada”. Como si la casa no fuera un lugar, sino un acuerdo frágil: mientras pagues, existes aquí.
Y lo peor es que uno se acostumbra a esa fragilidad y la empieza a llamar normal.
Al comienzo yo decía “ya, es una etapa”. Lo decía con esa sonrisa de adulto responsable que está aguantando. Pero pasaron los años y la palabra “etapa” se me quedó chica. Porque una etapa, en teoría, tiene final. Y a mí lo que me empezó a asustar fue la idea de que no hubiera final, solo más versiones del mismo cuarto, del mismo contrato, de la misma promesa: “acá sí me quedo un buen tiempo”.
Hasta que no.
La primera cosa que se vuelve rara cuando vives así es la idea de “comprar bonito”. Porque comprar bonito es comprar pensando en mañana. Es decir: esto va a acompañarme. Y cuando tu vida depende de que alguien no cambie de opinión, el mañana se vuelve un lujo.
Entonces empiezas a comprar funcional. Práctico. Desarmable. Plegable. Barato. Cosas que no duelan si las abandonas.
Y ahí viene una tristeza bien silenciosa: de a poquitos, tu casa deja de reflejar quién eres y empieza a reflejar lo que puedes cargar.
A mí me pasó con los libros. Yo era de los que soñaba con una biblioteca. No enorme, no de película, pero sí mía. Un rincón donde tus ideas se queden quietas. Pero después de la tercera mudanza, los libros se volvieron peso. Y qué feo decirlo así, porque un libro no debería sentirse como un castigo.
Me vi regalando libros no porque quisiera compartirlos, sino porque me estorbaban para sobrevivir.
Ahí entendí algo que casi nunca se dice: vivir en arriendo te puede volver liviano… pero no por libertad, sino por miedo. Liviano para que no te duela irte. Liviano para poder salir corriendo si te suben el alquiler. Liviano para no tener que discutir con un dueño que te habla como si te estuviera haciendo un favor.
Y ese “favor” te cambia la postura. Te vuelve más cuidadoso de lo que suena el piso. De cómo cocinas. De a qué hora te duchas. De cómo existes. Como si tu vida tuviera que pedir permiso para hacer ruido.
Encima está la parte social, que es la que más me incomoda admitir. Porque nadie te lo dice en la cara, pero se siente: hay una edad en la que vivir en arriendo empieza a leerse como “todavía no”. Todavía no se acomodó. Todavía no aterrizó. Todavía no “se hizo”.
Y uno se ríe, se defiende con chistes, dice “me gusta la movilidad”, pero por dentro se pregunta si la gente te ve como un adulto incompleto. Como si te faltara una pieza.
Yo no creo que la casa te haga persona. Pero sí creo que la estabilidad te da un tipo de descanso que no se nota hasta que no lo tienes. Descansas de negociar tu lugar en el mundo. Descansas de estar siempre listo para “solucionar”. Descansas de ese estado mental donde todo tiene que ser reversible.
Porque vivir en arriendo es vivir con la puerta entreabierta. Aunque la cierres con llave, por dentro estás preparado para salir.
Lo más pesado, curiosamente, no es mudarse. Es vivir como si te fueras a mudar. Es no permitirte una alfombra clara porque “se va a manchar y el dueño…”. Es no invitar tanto porque “de repente se quejan…”. Es no adoptar un gato porque “y si luego no me renuevan…”. Es amar con cautela el espacio donde duermes.
A veces me pregunto qué tipo de carácter fabrica eso en la gente. Qué clase de ciudadano emocional sale de ahí. Yo siento que te entrenan para ser provisional. Para no pedir mucho. Para adaptarte rápido. Para agradecer lo básico.
Y sí, la adaptación es una virtud… hasta que se vuelve resignación.
Un día, sin planearlo, hice algo mínimo: colgué una foto. Una sola. No era una obra de arte ni nada, era una foto simple, de un día bonito. La colgué con un ganchito que no maltrata la pared, todo “permitido”, todo correcto. Y aun así me dio un pequeño vértigo, como si estuviera cometiendo un exceso de confianza.
Como si estuviera diciendo: “me quedo”.
Ahí me dio risa y pena a la vez. Porque qué cosa más básica que colgar una foto. Y qué loco que me haya parecido un acto valiente.
Desde entonces, cuando escucho la cinta de embalaje, trato de no endurecerme. Trato de no convertirme en una vida que solo sabe empacar. Porque yo no quiero que mi historia sea un montón de cajas bien cerradas.
Quiero que, aunque viva en arriendo, mi vida no se sienta alquilada también.
Y esa diferencia, pucha… esa diferencia sí vale la pena pelearla por dentro.
