No fue una gran filosofía. No fue una epifanía. No fue un retiro espiritual ni una decisión heroica. Fue más simple: me estaba desordenando por dentro, y empecé a notar que las cosas pequeñas me sostenían más de lo que yo aceptaba.
Una taza lavada a tiempo.
La cama medio arreglada.
Poner agua a calentar mientras todavía está oscuro.
Barrer un pedazo de piso sin tener ganas.
Abrir la ventana apenas me levanto.
Yo antes despreciaba todo eso un poco. Me parecía menor. Decorativo. Cosas de gente disciplinada o demasiado adulta. Sentía que la vida importante estaba en las decisiones grandes, en los proyectos, en las ideas que cambian algo. Y sí, claro, también. Pero un día me di cuenta de que muchas veces uno no se cae por falta de grandes respuestas; se cae porque no tiene dónde apoyar el siguiente paso.
Ahí entran los rituales.
No como receta mágica. No como esas listas insoportables que prometen paz mental si te despertás a las cinco de la mañana y agradecés tres veces frente al sol. Hablo de otra cosa. Hablo de esos gestos mínimos que no arreglan el mundo, pero le ponen borde al día. Lo hacen habitable.
A mí me pasa mucho con el café. No por la cafeína. Por la escena. El ruido, el olor, el calor en la mano, la espera breve. Ese ratito me devuelve una forma. Me recuerda que todavía estoy acá. Que el día no tiene por qué entrar atropellándome desde el primer minuto.
Hay una sabiduría humilde en repetir ciertas cosas.
Una sabiduría casi doméstica, casi tonta, pero muy real. La de entender que el alma también necesita muebles. No grandes teorías todo el tiempo. A veces solo una secuencia amable. Algo que se haga siempre más o menos igual para que no todo sea intemperie.
Yo desconfío de la obsesión por optimizarlo todo, pero también desconfío del caos celebrado como si fuera profundidad. Hay desórdenes que no liberan: desgastan. Y hay pequeñas repeticiones que no encarcelan: cuidan.
Mi vida, por ahora, se sostiene más en esas bobadas que en mis discursos brillantes.
