Mi viejo nunca abrazaba

11 de marzo de 2026

Exploración de la complejidad de las relaciones familiares y la dificultad de expresar amor. Se reflexiona sobre cómo las experiencias de la infancia moldean nuestra capacidad para demostrar cariño y la importancia de romper ciclos de silencio emocional.

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Yo crecí pensando que los hombres eran como paredes. Que estaban ahí, firmes, callados, aguantando todo, pero sin mostrar mucho. Mi viejo era así. No era malo, ni borracho, ni de desaparecer días enteros. Laburaba, traía la plata cuando podía, arreglaba alguna cosa en casa, se quejaba del cansancio y después se sentaba a mirar para adelante como si pensar también fuera un trabajo pesado. Pero abrazar, no abrazaba. Decir “te quiero”, menos todavía.

Y yo, de gurí, no me daba cuenta del todo. Uno se acostumbra a lo que hay. Si en tu casa el cariño viene en forma de plato de comida, de un “abrigate que hace frío” o de una rueda inflada antes de salir, vos terminás creyendo que eso ya está, que eso es amor y punto. Y capaz sí. Capaz muchas veces sí. Pero también queda como una hambre rara adentro. Una cosa que no sabés nombrar, pero la sentís.

Yo me acuerdo que de chico veía a otros padres más sueltos, más de andar arriba de los hijos, más de jugar, y me parecía raro. Hasta medio ridículo, te soy sincero. Porque a mí me habían enseñado sin palabras que el hombre cuanto menos demuestra, más hombre es. Y qué mentira brava esa. Qué manera triste de vivir apretado por dentro.

Con los años fui entendiendo que mi viejo también venía hecho así. A él tampoco lo abrazaron mucho, seguro. A él tampoco le enseñaron a decir lo que le pasaba. Entonces hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Fue queriendo como sabía. A los golpes, no de pegar, digo, sino a los golpes de la vida. Medio bruto para sentir, medio duro para hablar.

Yo durante mucho tiempo le tuve una bronca callada por eso. No una bronca grande, de odiarlo. Más bien una lastimadura. Como si me hubiera faltado algo que veía en otros lados y no en el mío. Pero después me pasó una cosa: empecé a parecerme a él. Ahí fue cuando me asusté.

Un día me vi queriendo a alguien y sin saber cómo demostrarlo. Me salió el silencio, la distancia, el hacerme el fuerte. Y pensé: “pa, al final esto se hereda”. No la sangre sola. También se heredan las maneras de esconderse. Y ahí entendí que, si no frenaba, iba a pasarle a otro lo mismo que me pasó a mí. Iba a querer mucho y mostrar poco. Iba a dejar amor adentro como si fuera contrabando.

Desde entonces trato de hacer algo que parece sencillo, pero a mí me cuesta un montón: decir lo que siento cuando todavía sirve. Dar un abrazo sin esperar que sea una fecha especial. Preguntar “¿estás bien?” y quedarme a escuchar de verdad. Parece poca cosa, pero para algunos es como aprender otro idioma.

Yo no culpo del todo a mi viejo. Hizo lo que pudo con la vida que le tocó. Pero tampoco quiero repetirlo entero. Hay cosas que se entienden y aun así hay que cortarlas. Porque el cariño que no se dice a veces se siente, sí. Pero otras veces se pierde. Y perder amor por vergüenza, por costumbre o por hacerse el duro… qué desperdicio, ¿no?

Texto anónimo: Este texto ha sido publicado de forma anónima en Mentes Propias.

Composición del texto
Predomina: Pensamiento emocional · 24%
Texto íntimo y emocional sobre la dificultad heredada de expresar cariño, con crítica a la masculinidad rígida y deseo de cortar ese patrón.
  • El eje está en el amor no expresado, la falta de abrazos, la bronca callada, la lastimadura y el deseo de decir el cariño antes de que se pierda.
  • Predomina una confesión personal sobre la infancia, la herida afectiva, el miedo a parecerse al padre y la dificultad propia para demostrar lo que siente.
  • Observa patrones familiares y generacionales, especialmente la transmisión de una masculinidad dura y poco expresiva dentro del vínculo padre-hijo.
  • Cuestiona la idea aprendida de que los hombres deben demostrar poco para ser más hombres y señala esa norma como una forma triste de vivir.
  • El texto propone cortar la repetición: abrazar, preguntar, escuchar y demostrar cariño para no pasar la misma carencia a otros.
  • Parte de escenas comunes: el plato de comida, el abrigo, la rueda inflada, el padre sentado mirando hacia adelante, gestos familiares de cuidado.
  • Usa una voz narrativa marcada, imágenes como 'hombres como paredes', 'hambre rara adentro' y 'amor adentro como contrabando'.
  • Aparece de forma menor en la reflexión sobre lo heredado, la identidad y la forma de vivir atrapado por dentro.
  • Aparece en la tensión entre comprender al padre y decidir no repetir el daño afectivo, pero no es el centro del texto.
  • Hay una reflexión breve sobre identidad, herencia emocional y formas de vivir, pero no se desarrolla como abstracción filosófica central.
  • No desarrolla escenarios imaginativos, mundos alternativos ni hipótesis especulativas; se mantiene en una reflexión autobiográfica realista.
  • No predomina el análisis conceptual, teórico o cultural; el texto avanza desde experiencia personal y emoción.

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