Yo crecí pensando que los hombres eran como paredes. Que estaban ahí, firmes, callados, aguantando todo, pero sin mostrar mucho. Mi viejo era así. No era malo, ni borracho, ni de desaparecer días enteros. Laburaba, traía la plata cuando podía, arreglaba alguna cosa en casa, se quejaba del cansancio y después se sentaba a mirar para adelante como si pensar también fuera un trabajo pesado. Pero abrazar, no abrazaba. Decir “te quiero”, menos todavía.
Y yo, de gurí, no me daba cuenta del todo. Uno se acostumbra a lo que hay. Si en tu casa el cariño viene en forma de plato de comida, de un “abrigate que hace frío” o de una rueda inflada antes de salir, vos terminás creyendo que eso ya está, que eso es amor y punto. Y capaz sí. Capaz muchas veces sí. Pero también queda como una hambre rara adentro. Una cosa que no sabés nombrar, pero la sentís.
Yo me acuerdo que de chico veía a otros padres más sueltos, más de andar arriba de los hijos, más de jugar, y me parecía raro. Hasta medio ridículo, te soy sincero. Porque a mí me habían enseñado sin palabras que el hombre cuanto menos demuestra, más hombre es. Y qué mentira brava esa. Qué manera triste de vivir apretado por dentro.
Con los años fui entendiendo que mi viejo también venía hecho así. A él tampoco lo abrazaron mucho, seguro. A él tampoco le enseñaron a decir lo que le pasaba. Entonces hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Fue queriendo como sabía. A los golpes, no de pegar, digo, sino a los golpes de la vida. Medio bruto para sentir, medio duro para hablar.
Yo durante mucho tiempo le tuve una bronca callada por eso. No una bronca grande, de odiarlo. Más bien una lastimadura. Como si me hubiera faltado algo que veía en otros lados y no en el mío. Pero después me pasó una cosa: empecé a parecerme a él. Ahí fue cuando me asusté.
Un día me vi queriendo a alguien y sin saber cómo demostrarlo. Me salió el silencio, la distancia, el hacerme el fuerte. Y pensé: “pa, al final esto se hereda”. No la sangre sola. También se heredan las maneras de esconderse. Y ahí entendí que, si no frenaba, iba a pasarle a otro lo mismo que me pasó a mí. Iba a querer mucho y mostrar poco. Iba a dejar amor adentro como si fuera contrabando.
Desde entonces trato de hacer algo que parece sencillo, pero a mí me cuesta un montón: decir lo que siento cuando todavía sirve. Dar un abrazo sin esperar que sea una fecha especial. Preguntar “¿estás bien?” y quedarme a escuchar de verdad. Parece poca cosa, pero para algunos es como aprender otro idioma.
Yo no culpo del todo a mi viejo. Hizo lo que pudo con la vida que le tocó. Pero tampoco quiero repetirlo entero. Hay cosas que se entienden y aun así hay que cortarlas. Porque el cariño que no se dice a veces se siente, sí. Pero otras veces se pierde. Y perder amor por vergüenza, por costumbre o por hacerse el duro… qué desperdicio, ¿no?
