A mí el Barco de Teseo siempre me sonó como esas preguntas que te hacen en la prepa para verte sudar: “Si le cambias todas las tablas a un barco, ¿sigue siendo el mismo barco?” Y tú ahí, con cara de ¿y esto en qué me va a servir para pagar la renta?.
Pero últimamente me lo he estado tomando personal. No por el barco, sino por mi identidad digital. Porque mi “yo” en internet también va por la vida con tablas reemplazadas. Y lo más raro es que a veces ni me entero de quién está haciendo las reparaciones.
En la versión clásica, el barco se conserva en un puerto porque la gente le va cambiando piezas para que no se deshaga. Y con el tiempo, termina sin una sola tabla original. Esa historia se la atribuyen a Plutarco, que lo cuenta para ponerle gasolina filosófica a la identidad. Y ok, suena bonito en pergamino. Pero hoy el puerto se llama “plataformas”, “nube”, “copias de seguridad”, “términos y condiciones que nadie lee”.
Mi barco digital empezó “simple”: un correo, una foto medio pixelada, un username que me daba risa. Luego vinieron las reparaciones: cambié la foto porque ya me daba pena, cambié la bio porque ya no pensaba lo mismo, borré tuits viejos porque me sonaban a otra persona, actualicé mi LinkedIn porque “hay que verse profesional”. Tabla tras tabla.
Hasta ahí, uno podría decir: “Sigo siendo yo, nomás evolucioné”. Ajá. Pero la parte que me saca de onda es que mi identidad digital no se repara solo con lo que yo decido. También la repara lo que otros dicen de mí, lo que un algoritmo deduce, lo que una base de datos compra, lo que una app infiere porque me quedé viendo un video dos segundos de más.
A veces siento que mi yo digital es como un barco al que le están pegando parches en plena navegación… y con manuales distintos. Yo intento hacerlo “coherente”: que mi Instagram no contradiga mi trabajo, que mi WhatsApp no parezca de alguien que vive en 2012, que mi Spotify no revele que de repente me da por escuchar baladas dolidas. Pero por otro lado, el sistema arma otro barco con mis pedazos: “probable comprador de X”, “riesgo de Y”, “persona que tal vez se deprime en noviembre”, “usuario que responde mejor a anuncios de madrugada”. Y ese barco también soy “yo”, aunque yo no lo haya pedido.
Lo divergente, lo que casi no se dice en voz alta, es esto: tal vez el problema no es si sigo siendo el mismo… sino quién tiene el derecho de decidirlo.
Porque hay una trampa en el Barco de Teseo: asumimos que existe un barco, una identidad, una continuidad. Pero mi experiencia en internet se parece más a tener varios barcos circulando con mi nombre pintado, cada uno con su ruta. El de mi familia. El de la chamba. El de mis amigos. El de mis búsquedas raras a las 2 a.m. El que se arma en servidores donde yo ni sé que existo. Y luego, cuando algo sale mal —una funa, una filtración, un malentendido— me exigen que responda como si yo fuera el capitán de todos.
Y no, neta no.
Por eso me gusta pensar mi identidad digital no como “esencia”, sino como “versión”. Como si yo fuera software: no soy una estatua, soy una app que se actualiza. Y aquí viene lo incómodo: en el mundo del software, las actualizaciones a veces meten bugs. A veces arreglan algo y rompen otra cosa. A veces te cambian el diseño sin preguntarte. Y, sobre todo, a veces te dejan sin control porque ya no puedes volver a la versión anterior.
Entonces me pregunto: ¿qué pasa cuando yo quiero regresar a una tabla vieja? A una opinión vieja, a un chiste viejo, a una forma de hablar vieja… y el internet no me deja. Porque el internet es pésimo perdonando versiones anteriores. Y al mismo tiempo es demasiado bueno guardándolas.
Pero tampoco quiero caer en el sermón de “las redes son malas”. Eso ya lo sabemos y es aburridísimo. Lo que me interesa es una idea más rara: quizá el objetivo no es tener una identidad digital consistente, sino tener una identidad digital manejable.
Manejable significa: que yo pueda explicar mis cambios sin sentirme criminal. Que pueda decir “eso lo publiqué yo, pero ya no soy yo” y que eso tenga sentido. Que pueda vivir con contradicciones sin que alguien venga a acusarme de fraude existencial. Que mi yo digital tenga derecho a envejecer, a cambiar de piel, a equivocarse, a editarse… sin que eso sea automáticamente “mentir”.
Y aquí es donde el Barco de Teseo se vuelve un espejo incómodo: si nadie se asusta de que un barco siga llamándose igual aunque cambie todas sus tablas, ¿por qué nos da tanto miedo que una persona cambie sus tablas en público?
Tal vez porque, en internet, muchos quieren que tu barco se quede quietecito en el puerto. Clasificado. Etiquetado. Predecible. Rentable.
Yo, en cambio, quiero seguir navegando. Y si para eso tengo que aceptar que soy un barco parchado, con piezas nuevas y viejas conviviendo, pues ni modo. Mientras al menos el timón siga siendo mío.
