Mira, yo no sé en qué momento mi vida se volvió una vitrina con varias puertas, pero es así, pana. Tengo un yo para cada sitio. En LinkedIn soy “profesional”, escribo fino, uso palabras como estrategia y alineación y pongo una foto donde parezco que duermo ocho horas (mentira). En WhatsApp soy otro: mando stickers, hablo en corto, me río de cualquier vaina, y a veces digo “qué ladilla” con la sinceridad que en el trabajo queda mal.
Y en el correo… en el correo soy un tercero, como un portero: el que abre y cierra puertas.
Lo arrecho es que uno cree que esas identidades están ordenadas, separaditas, como carpetas. Hasta que un día se mezclan. Te invitan a una videollamada del trabajo y, por alguna “integración”, te aparece el nombre que usas en un juego. Imagínate: tú, serio, con tu jefe, y sale en pantalla “El_Tigre_69”. No es delito, pero te da una vergüenza que te corta el aire.
Ahí fue cuando me cayó el 20: mi identidad digital no es “quién soy”, sino quién soy según dónde estoy. Y lo digital, con su manía de unificar, a veces quiere borrarte esa diferencia. Te pide “verificación”, “nombre real”, “perfil único”, “una sola cuenta para todo”. Suena cómodo, sí. Pero también suena a que te están quitando el derecho a cambiar de tono sin pedir permiso.
Porque, vamos a ser honestos: no es lo mismo hablar con tu mamá que con un cliente. No es lo mismo el chiste del grupo de panas que el correo formal. Eso no es hipocresía; eso es contexto. El problema es que en internet el contexto se derrite. Lo que dijiste en confianza aparece en otro lado como si lo hubieras dicho en tarima.
A mí me pasó con una estupidez: una vez comenté un meme en una red, algo bobo, y al día siguiente un compañero del trabajo me lo mencionó como si fuera una “postura”. Yo quedé como: “¿cómo llegaste tú allá?”. Y ahí entendí que mi “yo” digital no camina; lo arrastran. Los algoritmos, las recomendaciones, las capturas, los pantallazos. Todo es reenviable. Todo es exportable. Tu voz se vuelve un archivo.
Y ojo, no es que yo quiera vivir escondido ni andar con paranoia. De pana que no. Pero sí me fastidia esa idea de que “si no tienes nada que ocultar, no importa”. Porque no se trata de ocultar crímenes. Se trata de preservar matices. De poder ser más de una cosa sin que eso parezca sospechoso.
Al final, capaz lo más humano que tenemos es esa capacidad de cambiar de registro. De ser serio cuando toca y payaso cuando se puede. Y yo siento que las plataformas, con su obsesión de “una identidad”, nos empujan a un personaje fijo. Como si fuéramos marca personal 24/7. Qué cansancio.
No tengo una solución épica. Solo una intuición: así como cuidamos la casa cerrando la puerta, deberíamos poder cuidar la identidad cerrando contextos. No por miedo, sino por salud. Porque si me obligas a ser el mismo en todos lados, entonces no me estás mostrando “auténtico”. Me estás dejando sin aire.
