No sé si esto suena cursi, pero lo vengo pensando desde hace días. Y lo escribo así, como quien manda una nota sin mucha vuelta, porque si me pongo fino me da pena y lo dejo a medias.
A mí me cuesta la ternura. O mejor dicho: me cuesta recibirla. Darla, bueno, ahí voy. Pero cuando me la dan a mí, me pongo tieso, como si no supiera dónde poner las manos. Capaz es por cómo lo criaron a uno: “no seas tan sensible”, “aguantá”, “no andés de llorón”. Entonces uno aprende a caminar duro, aunque por dentro esté hecho un nudo.
La cosa es que el otro día andaba con un día bien feo. De esos que no tienen una tragedia grande, pero todo te sale atravesado: te levantás tarde, se te riega el café, el jefe te escribe con un “¿y eso?” que suena a reclamo, y al final ya vas en automático, mascando enojo sin darte cuenta. Yo iba así, en el bus, apretado, con la mochila al pecho para que no me la manoseen, y con la mente en mil cosas.
En una parada se sube una señora mayor con una bolsita y una cara de cansancio que no era de “ay pobrecita”, era de “ya me pesa el mundo”. Nadie se movía. No por maldad, sino por esa costumbre horrible de no mirar. Yo la vi, pensé “debería pararme”, pero justo me dio ese egoísmo cansado: “yo también vengo reventado”. Y me quedé quieto.
Ahí fue cuando un señor, que yo ni había notado, se paró sin hacer show. No dijo “tome mi asiento” como en película. Solo se levantó y le hizo seña con la cabeza, como diciendo “siéntese pues”. La señora se sentó y, antes de acomodarse, le dijo: “Gracias, hijito. ¿Ya comiste?”. Así, de la nada.
Y mirá… esa frase me golpeó más de lo que debería. Porque no era mi mamá, no era mi tía, no era alguien que me “tiene” que cuidar. Era una señora cualquiera, preguntando eso como quien riega una plantita chiquita. El señor se rió y le dijo: “Sí, señora, no se preocupe”. Pero se le ablandó la cara, como si le hubieran aflojado un botón.
Yo me quedé pensando: ¿cuándo fue que nos empezó a dar vergüenza ese tipo de cuidado simple? Porque en Honduras uno crece oyendo cosas así: “¿ya comiste?”, “¿ya llegaste?”, “avisá cuando estés”. Y a veces lo tomamos como control o como molestia. Pero en el fondo es una manera de decir “te veo”. Y que te vean, aunque sea un segundo, cambia el día.
Lo más loco es que esa ternura no me la dieron a mí… pero a mí me arregló un pedacito por dentro. Me dio como vergüenza de mi propia dureza. No para flagelarme, sino para reconocerla: yo estaba tan metido en mi cansancio que ya ni me acordaba de mirar.
Cuando me bajé, me quedé con esa idea dando vueltas: la ternura no siempre es abrazo ni discurso. A veces es un asiento cedido sin moralina. A veces es una pregunta sencilla. A veces es hablar suave cuando todo el mundo está gritando.
Y tampoco quiero vender la historia como “desde ese día soy mejor persona”. Nel. A mí se me olvida. Hay días que sigo en modo piedra. Pero sí me quedó una práctica chiquita: cuando ando con la mecha corta, me obligo a hacer un gesto mínimo que no me cueste demasiado. Dejar pasar a alguien, decir “buenas”, sostener una puerta, preguntar “¿todo bien?” sin esperar novela. Como para recordarme que la calle no tiene por qué ser guerra.
Capaz suena demasiado simple, pero para mí ahí está el punto: la ternura cultural no es una frase bonita, es una costumbre que se mantiene con cosas pequeñas. Y si la dejamos morir por pena o por prisa, después no nos quejemos de sentirnos solos en medio de la gente.
Yo ese día no le cedí el asiento a la señora. Y eso todavía me pica un poquito. Pero también me dejó una lección: no hace falta ser perfecto para empezar a ablandarse. Solo hace falta darse cuenta… y la próxima, pararse sin pensarlo tanto.
