Durante mucho tiempo yo tuve la costumbre de enamorarme de culturas ajenas con una facilidad casi ridícula. Me pasaba viendo fotos, películas, formas de vestir, maneras de hablar, rituales, comidas, ciudades. Y sentía algo bien raro: una mezcla de admiración y de desprecio hacia lo mío. Como si lo valioso siempre estuviera del otro lado del mapa.
No creo que eso me pasara por mala intención. Más bien por hambre. Hambre de belleza, de sentido, de novedad. Cuando una se siente medio atorada en su propia rutina, cualquier cultura ajena puede parecer una puerta secreta. Todo se ve más intenso, más profundo, más elegante. Lo lejano casi siempre tiene buena iluminación.
Pero con el tiempo empecé a notar algo incómodo: muchas veces yo no estaba admirando de verdad otra cultura. Estaba consumiendo una versión decorada de ella. Una cultura editada para gustarme. Le quitaba sus contradicciones, sus zonas grises, sus problemas, y me quedaba con lo que me servía para fantasear. O sea, no estaba viendo a personas reales; estaba usando símbolos.
Y eso, aunque suene fino decirlo, también es una forma de egoísmo.
Porque romantizar otra cultura no siempre nace del respeto. A veces nace del cansancio que sentimos con la propia. Es más fácil decir “allá sí saben vivir” que hacer el trabajo más difícil: entender por qué una idealiza lo ajeno y por qué le cuesta mirar lo suyo sin puro fastidio. A mí me pasó. Hubo etapas en las que todo lo extranjero me parecía sofisticado y todo lo cercano me parecía corriente. Ahora me da hasta pena decirlo, pero era verdad.
Lo más fuerte es que esa romantización también borra a la gente real. Convierte culturas enteras en estampitas emocionales. Un país se vuelve “espiritual”, otro “apasionado”, otro “disciplinado”, otro “libre”. Y ya. Como si millones de personas cupieran en una frase bonita. Como si dentro de cada cultura no existieran violencia, ternura, clasismo, humor, miedo, belleza, injusticia, contradicción. Nos encanta simplificar lo ajeno para volverlo digerible.
Yo ya no confío tanto en esa fascinación inmediata. Cuando algo de otra cultura me deslumbra demasiado rápido, procuro frenarme. Me pregunto: “¿Esto me gusta de verdad o me gusta porque me deja fantasear con otra vida?”. Porque a veces no queremos conocer otra cultura; queremos huir de nosotros mismos usando otra cultura como disfraz.
Y ojo, no digo que admirar lo ajeno esté mal. Al contrario. Qué bueno que existan la curiosidad, el asombro y el deseo de aprender. El problema empieza cuando admirar se vuelve idealizar, y idealizar se vuelve una forma elegante de no entender nada. Ahí ya no hay encuentro. Hay proyección.
Hoy me interesa más una mirada menos romántica y más humilde. Una que pueda apreciar sin convertir en altar. Una que pueda aprender sin copiar. Una que no necesite rebajar mi propia cultura para sentir emoción frente a la de alguien más.
Tal vez crecer también sea eso: dejar de buscar paraísos culturales y empezar a mirar con más honestidad. Ni lo nuestro es poca cosa por ser cotidiano, ni lo ajeno es sagrado por ser lejano. A veces la madurez consiste en bajarle volumen al encanto para por fin escuchar a las personas reales que hay detrás.
Y eso, la neta, me parece mucho más interesante que cualquier enamoramiento cultural de postal.
